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La Bella Habana. Dos rostros conocidos
Carlos Venegas
 
Toda ciudad de importancia y poseedora de una rica tradición histórica cuenta con uno o más símbolos capaces de identificarla entre otras urbes del mundo. Estos símbolos, de un modo original y llenos de interesantes razones sociales, van adquiriendo un papel representativo, en el nombre de aquellos monumentos más destacados, los cuales son considerados por los propios habitantes de la ciudad y sus visitantes, por tácito acuerdo, como una parte insustituible del paisaje. Son, en fin, como una especie de nombre propio capaz, sin necesidad de pronunciarlo, de evocar al instante el conjunto de calles, plazas y edificios.

La Habana, ciudad de vigoroso perfil en América desde su más remota infancia, posee no uno sino varios de estos monumentos-emblemas, los cuales han divulgado su imagen durante muchos años por todo el orbe. Una imagen construida por las circunstancias de su historia, y por ellas aún se encuentra en pleno enriquecimiento y renovación. Junto a la silueta del centenario Castillo del Morro a las más recientes y no menos representativas edificaciones de la Plaza de la Revolución, podríamos contar muchas otras edificaciones o sitios urbanos que a través del tiempo se han ido atribuyendo un papel protagónico entre los escenarios sociales de la ciudad.

Aunque sería de gran interés analizar ese proceso productor de imágenes emblemáticas de la Habana, este breve artículo sólo se propone llamar un poco la atención del lector acerca de dos conocidas figuras femeninas, las cuales sin lugar a dudas podemos llamar los símbolos de la ciudad colonial, de esta Habana Vieja cuyo límite cronológico se acostumbra a extender hasta el ocaso de la dominación española a finales del siglo XIX. Una de ellas es La Giraldilla, estatua de bronce de 107 cm de altura, la cual fue colocada alrededor de 1633 o 1634 en lo alto de la torre del Castillo de la Real Fuerza, cuando fue añadido un nuevo piso a la misma. Jerónimo Martínez Pinzón, el primer escultor y fundidor habanero de quien se tiene noticia, la modeló y fundió hacia esa misma fecha en los talleres que poseía. La otra, la Noble Habana o la India, forma parte de la fuente que realizó en Italia el escultor Giuseppe Caggini por encargo del Conde de Villanueva, Claudio Martínez de Pinillos, Intendente de Hacienda y destacado miembro de la nobleza criolla, para ser colocada en uno de los extremos del Paseo del Prado en 1837.

La Giraldilla fue, ante todo, un elemento funcional del frecuentado puerto habanero: era una veleta que indicaba a las embarcaciones que abandonaban la bahía cuál era la dirección de los vientos que movían, con mayor o menor fuerza, la banderola sostenida en un asta por la grácil figura de mujer. La Habana ocupaba el séptimo lugar en jerarquía entre las ciudades de Hispanoamérica, era la llave comercial del Nuevo Mundo y todo su carácter urbano dependía de sus ventajosas condiciones comerciales y marítimas. La Giraldilla, levantada entonces por encima de cualquier otra edificación dentro de la villa, era su emblema más visible y, de modo práctico, sin proponérselo, representaba en esencia esa existencia dinámica y mudable, entregada a los trajines del mar que se desarrollaba diariamente en la ciudad. Con su gesto airoso y decidido, la simpática imagen de la “bella Habana”, oponía su rostro al aire que corría desde o hacia el Atlántico, saludando a los navíos que penetraban por el estrecho canal del puerto u orientando más tarde su salida. Nada más razonable, por tanto, que durante muchas décadas fuera el signo espontáneo, casi inadvertido, cotidiano, de una ciudad volcada hacia el mar. La cual esperaba con ansiedad la llegada de las flotas.

La Fuente de la India, nacida dos siglos después en medio de otra tesitura, fue el signo de un nuevo período en la vida de la capital cubana. Ubicada frente a la Puerta de Tierra, uno de los principales accesos del recinto amurallado, anunciaba el inicio del crecimiento de la ciudad hacia el oeste: era el umbral de una Habana en plena expansión bajo el impulso del aumento de la riqueza azucarera. Su presencia era un hecho artístico, ornamental y expresivo, dentro del paseo más elegante y concurrido de la época, donde la aristocracia urbana hacía gala de sus nuevos hábitos, exhibiendo sus suntuosos trajes y carruajes. Nos e trataba ya de representar la villa de la Flota, sino de poner en relieve el rostro moderno y ennoblecido de la cabecera de una de las colonias más ricas del mundo, tal y como la veían sus más adinerados ciudadanos.
La vieja Giraldilla de bronce fundido in situ cedió el paso a la exquisita fuente de mármol de Carrara importada. Su voluptuosa forma renacentista se vio aventajada en el actualizado gusto de los habaneros del siglo XIX, por las formas más serenas y equilibradas dentro del gusto clásico del academicismo italiano de una estatua sedente, rodeada de delfines que aludían con acento grecorromano a un pasado superado de exclusividad marítima. El rostro sonriente , golpeado por la brisa del océano, fue sustituido por la expresión impasible de un civilizado perfil ático, coronado por un penacho indígena que trataba de enunciar cierto sentido autóctono. La banderola rematada por la Cruz de Calatrava en una mano de la erguida veleta, se transformó en cuerno de la abundancia, riqueza de la tierra, sostenida con gesto delicado por la neoclásica india. En fin, el ruido cercano del oleaje del litoral y del ajetreo de los muelles que rodeaba al primer emblema habanero como rústico enmarcamiento, desapareció en torno a la Noble Habana de la fuente para dejar escuchar la monótona caída del agua desde los cuatro delfines surtidores, o los acentos de la orquesta que amenizaba el paseo de los carruajes.

(...)

La celebridad de la fuente le impuso una trayectoria accidentada. Muy pronto fue trasladada al Parque Central para llenar el hueco de la estatua de la derrocada Isabel II, más tarde volvió a su sitio, pero mirando en dirección contraria a la anterior, de espaldas al viejo casco urbano y enfrentada hacia la Calzada de la Reina, por entonces en proceso de renovación; por último, ya en plena seudorrepública, se le dio un giro de noventa grados para integrarla a la avenida monumental frente al Capitolio en construcción. Era como una especie de brújula que marcaba la orientación del interés urbanizador. La antigua veleta, en cambio, a pesar de sus innumerables giros diarios, no abandonó nunca su original posición, salvo cuando la arrancó de su torre el ciclón del año 1926, como si hubiera querido dejar una muestra simbólica de su tremenda devastación en La Habana. Desde 1963 bajó para ocupar un resguardado lugar en las salas del Museo Nacional, pero no lo hizo sin dejar en su lugar una exacta copia que perpetúa su existencia.

En la actualidad la estimación ganada por ambas damas es indiscutible. Cada una de ellas disfruta, sin competencia posible entre las mismas, un amplio margen de historia habanera. Pero no se puede negar que la dinámica veleta ha alcanzado, últimamente, la más alta cumbre de la representatividad. Tal vez debido a la propaganda de la marca Havana Club, o a la divulgación del emblema del periódico Tribuna de la Habana, la Giraldilla hoy aventaja a la India en lo que se refiere a imagen pública. Un poco torcida y desproporcionada, desprovista de la elegancia del lenguaje clásico, posee, en cambio, una buena dosis de esa sincera ingenuidad que tanto ha hecho revalorizar el arte moderno en nuestro siglo.

La estatuilla funcional, fundida sin grandes pretensiones por un ignorado artífice, hoy identificado tras una ardua investigación en archivos, ha ganado alguna ventaja a la conspicua fuente de mármol, incapaz de sonreír con tanta gracia y soltura desde el removedor de un buen trago, o de transmitir de manera tan directa y cotidiana sus valores significativos. No obstante, los dos rostros femeninos de nuestra capital continuarán manteniendo su ininterrumpido diálogo con la historia urbana y brindando su probada efectividad emblemática.


Carlos Venegas. Revolución y Cultura, Nº 127, marzo de 1983.