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Reinerio Tamayo. La imaginación sin diques
Mientras a los caricaturistas podemos encasillarlos dentro de las reglas del juego del humorismo gráfico o del dibujo humorístico, Tamayo no es encasillable de esta manera.
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Tamayo es un pintor... pero como un bicho raro, pintando distinto a los demás, pintando como un humorista. Ni tan siquiera como un “post–dadaista” al uso, los cuales tienen y utilizan el humor como los caricaturistas.


Pues, ¿qué es entonces este raro artista? Tamayo pinta, pero como los góticos, y dentro de esta compleja escuela de los siglos XIII y XIV, como un iluminista. Sí, un iluminista como el primer muerto de “El nombre de la Rosa”. Tamayo es un neogótico que pinta escenas nacionales, llenas de “cheos estrambóticos”.

Imágenes llenas de un preciosismo miniaturístico medieval....


(Tomado de “Gótico, Neogótico y Estrambótico” por Jesús de Armas, 1988. Centro Wifredo Lam)

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Tamayo vagabundo por la pintura, merodea la cerámica, acepta el malentendido de ser juzgado según criterios y normas propios de otras formas de expresión artística... Tantos devaneos dan la impresión de ser una tímida excusa por el grueso de su obra formidable, la cual nos dice explícitamente que él es, en primer lugar, un narrador de Fábulas visuales, un artista dedicado a contar historias las más inesperadas, también las menos aburridas. Lo particular está en el aprendizaje y consecuentemente, en el medio donde este autor se ha desenvuelto. Es un historietista formado en al academia, algo así como el hijo bastardo de OPS y la pintura de caballete. De ahí el saber culterano de sus fabulaciones, la introspección –arte adentro– de personajes y atmósferas que conforman su repertorio. De ahí, también, su apego meticuloso a la técnica, y su insistencia en traer a escena recursos, imágenes que parecen siempre a punto para la reproducción.

En este arte hay lugar para la parodia y para la reflexión sobre ciertos pilares mitológicos de la “alta cultura”; pero hay, al mismo tiempo, una sensibilidad muy despierta ante lo específico del ser social cubano. Algo debe Tamayo, en tal sentido, a sus más cercanos coetáneos, artistas fascinados –desde diversos ángulos– por las facetas socio–políticas de su realidad cotidiana. Reinerio le entra al tópico con voz propia; voz matizada de lirismo y enternecida por esa cercanía innegable a los sucesos comentados.

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(fragmento tomado del catálogo “El mundo no es cruel” por Antonio Eligio (Tonel), IV Bienal de La Habana, 1991)


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En su serie dedicada a Goya, este creador retoma esa cruel mordacidad con que el pintor español denuncia la iniquidad y la caída abismal de los valores del espíritu. Para ello replantea sus tesis sobre la base de dos obras capitales del denominado “último de los clásicos y el primero de los modernos”: La maja desnuda y Los fusilamientos de la Moncloa (o del 2 y 3 de mayo)...

En las piezas homenaje a Van Gogh, Tamayo crea una simbiosis de símbolos, entre los que trasciende la mística personalidad del post–impresionista holandés, con toda la explosión de luz y color –predominantemente amarillo– que emana de la obra de este pintor, sobre el que también se insinúan elementos y anécdotas vinculadas a su vida.
El tumultuoso mundo del Renacimiento, que arroja su más viva luz en la figura de Leonardo Da Vinci en las esferas de la mecánica, la ingeniería, la geometría, la pintura... está imbricado, de un modo mordaz, a las personalidades artísticas de Picasso y Van Gogh, en un trabajo de impresionante factura. .. en esta suerte de juego con la divina creación clásica, utilizada por Tamayo para sustentar presupuestos estéticos, a través de los cuales propone un equilibrio entre el reflejo objetivo de la realidad conformada por aquellos y su transfiguración e intención personal...


(fragmento de Mitos, genios y leyendas. Por Jorge Rivas Rodríguez, periódico Trabajadores (La Habana), 23 de septiembre de 1996, pág-10)


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He de reconocer que la primera impresión que me produjo la pintura de Tamayo me remitía a una especie de universo surrealista que tendría como fronteras el mundo desmenuzado de Jerónimo Bosch, por un lado, y la propia estructura del comportamiento tropical por el otro. Pero hoy, en una segunda lectura más reposada, habría que matizar un poco más.

Si en Bosch es difícil encontrar algo no demoníaco, algo que escape a esa visión infernal tan suya, cuajada de maldad y de violencia, para Tamayo, en el drama de la vida, ese que se desarrolla de forma permanente entre el amor y la guerra, la victoria siempre corresponde a la poesía. Así pues, más que expresión de ese magma psicoanalítico, que es lo que normalmente se esconde tras la imagen surrealista, habría que hablar de asociaciones simbólicas que se desarrollan en forma de retablo de un solo acto.

Zurbarán, Sánchez Cotán, los grandes bodegonistas barrocos españoles abren en el cuadro una ventana sobre la que disponen objetos que silenciosa pero elocuentemente “hablan” del mundo al que pertenecen. De igual forma, Tamayo organiza un escenario, ventana o pecera, un pequeño teatro en el que cuenta con humor, unas veces no exento de acidez, otras cargado de ternura, historias increíbles que muestran la sorpresa de quien, con los ojos muy abiertos, quiere descubrirlo todo....

No creo que se haya de interpretar de otra manera esa especie de reacción contra la pintura “seria” que encierran sus parodias, porque, por lo demás, ... lo curioso es que precisamente a través de esa estrategia irreverente enlaza con otra tradición muy española que es el esperpento.
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(fragmento del texto de Txema Esparta, crítico de arte, para el catálogo de la muestra La uva de Cuba, España, 1997)


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Sólo basta una primera impresión para identificarnos con el mundo de Reinerio Tamayo, en principio porque esas imágenes acuden a un sistema pictórico de reconocida visualidad en la historia del arte. Esta pintura participa de ese espíritu apropiador y deconstructor de una parte del arte cubano actual, sólo que en el caso de este autor esas modulaciones y esos diálogos están perfectamente integrados a una estética incorporativa que disuelve todas las influencias, los calcos y los estilos para fundar una perspectiva propia, en la cual ya no es visible ninguna marca de desangramiento, la pintura clásica europea –española en particular–, las vanguardias, el pop, el cómic, el grabado japonés y hasta la rica tradición de la marquilla del habano, en un juego simbiótico en el cual se anulan las épocas, los estilos y aún los semas originales para ofrecernos, efectivamente, una fiesta de la imaginación y una interpretación muy precisa del mundo cubano y de la vida contemporánea.
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(fragmento del texto El edén se esconde en el paraíso, por Leticia Cordero Vega. Catálogo de la exposición de igual título. Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, mayo 2001).


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Cavilaciones

Tras haber reconocido en Tamayo su cualidad de choteador, es pertinente señalar, la abusiva libertad con que se identifica como choteo a ciertas prácticas, resaltando casi siempre esa propiedad del mismo de no tomarse nada en serio, que también se le atribuye a los cubanos, sin que se repare en otras esencias del fenómeno, como cuando éste, contenido en el humor ha tenido otros derroteros realmente encomiables. Arte y vida han dado suficientes evidencias al respecto, para que se evite seguir ponderando el asunto por un rumbo errático, justo por donde apuntara Mañach, nos venia sobrando en detrimento de una verdadera conciencia nacional.


Esto no significa que reniegue de los elementos concernientes al choteo que perviven en muchas de las diferentes vertientes del humor cultivadas en nuestro país. Humores diversos en sus estilos y propósitos, donde la burla ha sido excepción, mientras: sátira, parodia, ironía, sarcasmo, mordacidad, cinismo e incluso el pastiche conforman mayoritariamente el instrumental bien calibrado de una corriente con múltiples paradigmas, los cuales confirman la existencia en Cuba, en materia de artes visuales, de una corriente ininterrumpida del desarrollo del humor desde el siglo XIX y hasta el presente.


Reconocemos que hay partes del choteo vibrando, integradas al humor nuestro. El choteo, al igual que el humor, siguieron su curso transformador, articulándose con el decursar del los tiempos y readecuándose según los vaivenes de la historia, como parte de la sicología social del cubano , respondiendo siempre según los avatares de la sociedad, la economía y la política. Algunos de los rasgos que le son inherentes, rasgos encomiables que configuran su carácter y lo hacen necesario en el sentido que expresara Ortíz, y que como exergo preludia este comentario, se pueden apreciar en un gran número de artistas plásticos que no tienen -y es importante reiterarlo- el don de la ligereza tan criticado por Jorge Mañach en su ensayo al respecto (10). Algunos de esos artistas, son hoy nombres imprescindibles de las artes visuales y de nuestra tradición en el humor como: Rafael Blanco, Eduardo Abela, Chago, y también Posada, Nuez, Manuel, Carlucho, Ajubel, Simanca, Ares, junto a las expresiones de toda aquella revuelta que vino a ser en la década del 80 los grupos Puré, Arte Calle y otras individualidades: Lázaro Saavedra, Carlos Rodríguez Cárdenas, Antonio Eligio (Tonel), Pedro Álvarez; a los que se sumarían luego las propuestas de Elio Rodríguez, Douglas Pérez y del propio Tamayo, entre otros.


Estas referencias, que reconocemos incompletas, sólo intentan dejar abierta la posibilidad de una reflexión más amplia en torno a prácticas artísticas que se conectan entre si por la presencia de un impulso humorístico compartido y una constante transgresión de límites y fronteras, demostrada en la práctica por los propios desplazamientos de los artistas. De esa necesaria reflexión no excluiríamos a: Los Carpinteros, el Gabinete Ordo Amoris, los diseñadores de Nudo, la galería DUPP y a Enema .


Todos ellos, con diferentes grados de intensidad, están interconectados y son parte de una corriente en la que es posible, en relación con sus producciones simbólicas, desmotar los sentidos que los conectan con la tradición del humor y también con el choteo, a partir no sólo, de los resortes y el instrumental utilizado, pese a que todos ellos se expresan desde poéticas muy diversas y exhiben las más disímiles ideologías estéticas. Eso hace que todos los soportes y modalidades sean válidos: las clásicas cartulinas o las telas; las más disímiles técnicas: acuarela, tinta, collage, acrílico, óleo, grabados, etc, y se conformen objetos, ensamblajes, instalaciones, happenig y performances.


Epílogo

Tamayo viene a ser, dentro de esa tradición, una especie de puente de comunión irrenunciable entre pintura y humor. Su práctica es extrovertida y clara. Exhibicionista, saca a la risa de su exilio. Ella “lo absuelve, le permite seguir protagonizando ese mundo propio que busca explicar, detener, curar, aliviar”. En su aventura ha dislocado los signos reconocibles del tiempo sin que por ello haya dejado de revelar las contradicciones de los fenómenos de hoy y enjuiciarlos. Es extrovertidamente claro en su práctica sin perder el misterio que mana de lo real en su traslación a lo fantástico. Se comporta como un fisgón metiendo nariz y ojos en los lugares más insospechados, tanto privados como públicos. Él es el hedonista del humor más reciente, mediador entre lo gráfico y su expresión en la pintura y otras modalidades más experimentales. Pícaro , malicioso y gozador, su trabajo sobrevive de las pasiones, la excitación y el deleite. No establece distancias y las emociones están en la superficie misma de su obra, por eso exhibe como pocos un mayor tono en cuanto a sentimientos , lo que no le impide reírse también de lo que le es querido.


Tenemos en este artista a un continuador de lo mejor de una tradición que se expande más allá de cualquier encasillamiento o posible ghetto, renovando y ampliando el horizonte de un humor que tiene entre sus bienes gananciales, las virtudes y esplendores de las diferentes alternativas que cada creador le ha venido aportando, desbordando las lógicas formalistas. Así como ese choteo nivelador no ha desaparecido, sino simplemente transformado y, junto al humor se esgrimen como instrumentos de resistencia ante la adversidad, ambos han sido una filosofía y una manera de vivir con ingenio y mientras la historia sigue moviéndose como un carrusel indetenible, ellos moldean sus nuevos atributos adaptándose a cada nueva circunstancia.


Uno de los recursos más aprovechados por Tamayo del humor y sobre todo del choteo es que ellos le permiten mover esa disposición suya hacia el divertimento, al quebrar y subvertir desde su arte el sentido de autoridad de tópicos tenidos como sagrados e intocables. Las escenas que nos ha venido presentando insertan lateralmente sus comentarios al gran discurso lineal de la historia, poniendo en entredicho su unicidad y verismo unívoco. Como un arqueólogo de lo mundano, de los tipos y las costumbres citadinas, funde pasado, presente y futuro en un mismo set, apuesta por el deleite y el placer; espacio que nos merecemos más frecuentemente, una opción que no podrá nunca resultarnos ajena. Siempre será bienvenido su excitante ejercicio, invitándonos a hacer el amor y no la guerra, llamándonos hacia un paraíso que puede construirse a veces con esa misma persistencia y satisfacción con que se ha comprometido con una postura ante un “género”, con un modo de hacer arte en el que va poniendo buena parte de su vida, de sus certidumbres y anhelos.


Hay un aspecto de la obra de Tamayo que no puede ser obviado: su sentido de pertenencia a nuestra cultura, que puede seguirse en el decursar de su obra hasta hoy, aunque en este momento él no sea tal vez tan consciente de ello. Más que un resultado perseguido, su cubanidad es un proceso enriquecido en la misma dirección en que ascendió su discurso, fresco y desencartonado, evadiendo estereotipos y clichés, más evidente en unas ocasiones que en otras, pero omnipresente en su propio fluir. Es por eso que su familiaridad es un hecho que trasciende el gesto de su pintura y lo coloca en una sensibilidad abierta en sus múltiples herencias y, si aguzamos bien los sentidos podríamos escuchar a la pícara guaracha, compartir la acción festiva de ese complejo que es la rumba, mientras la lascivia de las congas callejeras en el frenesí liberador de su arrollar, penetran en ese lugar idílico que muchos sueñan es el edén.


(fragmento del texto de Caridad Blanco “Tamayo: una conga en el edén” . La Gaceta de Cuba (La Habana), No. 5, septiembre– octubre, 2002. (ilus.) pp 52 – 55)


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Los caprichos de Tamayo

Reinerio Tamayo es un artista que tiene sus propios fantasmas, sus obsesiones y sus caprichos. Vincent Van Gogh es su visitador mas asiduo y también su paradigma. No lo son menos Leonardo Da Vinci, Velázquez, Goya, Dalí y Picasso. Desde que lo conozco supe de su obsesión por la pintura, el humor y por esta isla grande del Caribe en la que esta su raíz.


Sí, en nombre de la seriedad, las "buenas costumbres", la lógica y el poder; la risa y - en un sentido mas amplio - el humor, han sido durante mucho tiempo menospreciados por esa parte del mundo que se considera a si mismo "culto"; Tamayo de modo obstinado les lleva a la contraria, insistiendo en sacar a esa risa y al humor de su forzado exilio. El ha calibrado, por supuesto, el efecto de ambos. Sabe que no son inocuos para con la historia. Tiene conciencia de que calan hondo y su repercusión es semejante al diagnostico luego de una tomografía realizada al cuerpo social contemporáneo, tras la cual afloran antiguos padecimientos, algunos de los cuales hoy hacen metástasis.


En este artista el humor es una cualidad, un don cultivado de modo preciosista, con paciencia y, persistentemente, hasta concretar una expresión simbólica peculiar; un discurso coherente y sugestivo. Para ello se ha valido de las mas diversas técnicas: acuarela, dibujo, grabado, ilustración, cartel, cerámica, pintura e instalaciones y transitado, además, por un camino que adereza, por otra parte, fusionando temas: retrato, paisaje, naturalezas muertas, pintura erótica y caricaturas.


Su universo se conforma a partir de la mezcla, en la unidad de lo híbrido, entre apropiaciones, citas y parodias. Ha reciclado, de modo general, imágenes de las más diversas procedencias: grabado japonés, pintura española desde el siglo XVII hasta el XX, de las vanguardias (cubismo, futurismo, surrealismo y suprematismo), así como de la abstracción, el pop, los comics, y también del arte culinario, los medios de transporte, objetos de uso domestico, productos comerciales y las nuevas tecnologías que el hombre contemporáneo suma a su confort y a sus adicciones. Los signos de todos esos lenguajes, refuncionalizados, quedan disueltos en su peculiar modo de hacer estableciéndose un contrapunteo entre su voz y los ecos de la historia del arte que nos hace llegar a través de la dinámica de su juego, condimentándolo con la sabiduría popular convirtiéndose, de hecho, en el fisgón de los intersticios citadinos.


El conjunto que ahora reúne, nos habla de la buena salud de su arte, en tanto se sumerge y emerge en el torrente vivo de la cultura española y universal, exhibiendo las esencias de la particular producción que lo caracteriza y define. Su pintura, desnuda una parte de ese carnaval sobre el que reflexionara Bajtin y se convierte al mismo tiempo en un acto de extroversión, al cual el receptor es convidado. Desde su basto reino del absurdo, subvierte los efectos causados por los síndromes del poder y la autoridad. La compresión se disuelve entre ironía, sátira y parodia dejando espacio, al humor negro, al chiste sencillo, la metáfora depurada o lírica, la fantasía y la sabrosura. De ese ajiaco, que resulta su obra -exaltado en el goce de su propia condición genérica- no hay recetas, y si, una sustancia mágica. Su espiritualidad y, cada una de sus células se ven en cada acción o pincelada. Costosa es realmente la obsesión de este amante de la pintura.


Las reglas de su juego las establece Tamayo participando y yuxtaponiendo márgenes opuestos: lo grafico y lo pictórico, lo popular y lo culto, el relajo y la seriedad, la comedia y el drama. Aquí, abre las puertas, ofrece opciones. Cada cual puede escoger las "mas sanas" alternativas para vivir; o sobrevivir; en medio de la crudeza globalizada. Afloran ahora, estos caprichos suyos, felices, como el ansia de todos, como los deseos que se nos escapan y viajan, cuando en la más oscura de nuestras noches, por un brevísimo instante se dibuja una fina línea de luz en el cielo, señal inequívoca de las estrellas fugaces.


(Caridad Blanco “Los caprichos de Tamayo”. Catálogo. Exposición personal Los caprichos felices. Galería Pedro Torres. Logroño, La Rioja, España. marzo-abril, 2003. (ilus.) pp. 5 – 6)