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Emilio Heredia, un olvidado del Cambio de Siglo
De arte decorativo. La exposición Heredia


Habíamos olvidado un poco, ciertamente, a Emilio Heredia. El joven dibujante que nos llegó de París hace diez años, cuando aquel febril retorno del éxodo patriótico, con las solas armas de su técnica segura y el vuelo audaz de sus composiciones, atrayendo sobre sí la atención de los periódicos y las industrias artísticas, tuvo la desgracia de encontrar el favor oficial en la más funesta forma para un espíritu inquieto y creador: aquella que llena confortablemente las necesidades de la vida práctica a hurto del propio sentimiento poético personal. Hubo un cierto eclipse en su carrera, quién sabe con qué terribles desazones íntimas. Al cabo emigró, y fue entonces el reverso de esta medalla conocida por todos los artistas. Ancho campo para los arrebatos de la fantasía; museos para orientarse y una corta élite para formarse un ambiente. En cambio, la vida práctica libra en vano su batalla: el hielo de la gran capital, aún cuando en ella se respire el oro molido disuelto en el aire de New York, enfría los más candentes entusiasmos. La historia es vieja y no hay para qué repetirla...

Con los trofeos de esta hermosa lucha ha improvisado Emilio Heredia, rescatado para su solar colonial, una pequeña Exposición de obras heterogéneas que por lo que en ella hay de común, que es el persistente motivo ornamental, bien admitiera la denominación moderna, un tanto vaga, de Arte Decorativo. No tendrá tal vez patente limpia entre los puristas este estilo pleonástico, y podrase decir con sobrada razón que para eso, para decorar, es que ha nacido el Arte, en todas sus fases, sobre todo en su expresión plástica.

Sin embargo, este orden nuevo de creación, aunque hecho de remiendos de todas las artes, tiene su vida independiente, estimulada de preferencia por el gran factor de la moderna industria que en su prodigioso desenvolvimiento ha aunado estrechamente la belleza a la fuerza. Muchos fueron entre los grandes del arte contemporáneo los que desertaron del cuadro y de la estatua, para poner a contribución sus veneros de imaginación en la humilde gallardía de una verja labrada, de un perfil arquitectónico, de un asa de ánfora, de una vidriera eclesiástica. La rebusca de la línea dio además un curioso margen a que en la apelación loca a todo lo nuevo, contestara resucitando de sus oscuros osarios, lo remotamente viejo, las espirales asirias, los trapecios egipcios, las pompeyanas curvas perezosas con aspecto de algas, la quebrada línea de los ramilletes japoneses, las cúpulas bulbosas de la India, los cuernecillos chinos, todo cuanto de caprichoso y de atormentado parió la humanidad incipiente en su obsesión única de traducir en formas terrenas un misticismo complicado y sensual. Con estas rapsodias inteligentemente adaptadas al gusto actual, acaso pidiendo prestado algo a Durero, Holbein y los primitivos italianos, se llegó al fina organizar una Exposición Universal, que fue la de Milán, y allí tuvo que darse plaza a este intruso arte nuevo que con solo venir bajo la protección de la industria, dueña del mundo, ya tenía grado bastante para que la crítica lo aquilatase y lo estimulasen los gobiernos. Desde entonces tuvo cátedra en las academias oficiales; bajo sus banderas se cobijan hoy glorias tan robustas como las de Puvis de Chavannes, Mucha, Gillette, Innocenti, Aleardo Tersi, Medaille, Mataloni, Zinovief, Apeles Mestres, Arija y toda una serie de menores cartelistas y grabadores, a quien acaso debemos sin saberlo la gracia de alguna pequeña bagatela de tocador o de tapicería que prestigia nuestros salones burgueses.

Emilio Heredia estaba realmente preparado para darse todo entero a este arte modern style. Su intuición eminente fue siempre la de la composición valerosa y fina. París tiene sobre Roma el secreto de la composición elegante que no menoscaba la corrección académica: a la exageración de esta batalla, librada a nuestra sensibilidad espiritual más que a nuestra convicción técnica, se ha llamado pintura literaria; y es lo cierto que los artistas franceses han literalizado un poco, en su afán de tratar el asunto, y de forzar las poses. Ahora bien, la educación artística de Heredia es toda parisiense; allí quedó su gusto depurado y su fantasía en buena disciplina para que en él se incubaran las condiciones adjetivas de un gran decorador. El resto lo ha suplido la exhuberancia positivamente magnífica de su imaginación, desde luego la precisión simpática de su lápiz, y por sobre todo, el apasionado desorden con que ha estudiado la historia de su arte, bebiendo en los orígenes remotos, hasta cargarse de extrañas ideas revolucionarias, que como las de los anónimos autores de las Pirámides y las catedrales góticas, no son otra cosa que filosóficas especulaciones que piden su molde visible.

Es la característica de esta exposición – que es lástima no hubiera sido presentada en uno de esos pequeños salones cerrados, propicios a la abstracción, que en Europa se usan para las exhibiciones personales– el fastuoso derroche de fantasía que unos breves skechts y acuarelas demuestran. Páginas de simple vuelo errante del lápiz son, por ejemplo, la estampa de los Vikings escandinavos, legendarios precursores de Colón, o la de aquella extraña gente From Unknown Worlds; o aún la de la lejana tierra Antártica, poblada de esfinges; y todas dejan la impresión turbadora de un previo combate interno (...)

Esta parte, sin embargo, referida a la obra de periódicos, nos era en buena porción conocida de viejo, y nada pone ni quita a la fama del artista. Pero hay algo, en cambio, muy nuevo: Heredia es, como forzosamente lo pide su rica vena de creador, un exquisito arquitecto. Cubren las paredes del salón hasta treinta proyectos de parcos y suntuosos monumentos, en cuanto puso imaginarse que diera de sí la piedra. Muchos de nuestros caducos edificios, allí aparecen metamorfoseados por unos cuantos toques de buen gusto. (Dios le haga en breve plazo Secretario de Obras Públicas.) Otros son condensaciones de necesidades de antiguo sentidas. Aún en punto a arquitectura de jardines sobresalen particularmente varios túmulos funerarios, simples dólmenes etruscos llenos de severa elocuencia, y una linda pérgola que hace soñar en gratas siestas con un rumor cercano de agua.

Mucho más podría y debiera decirse de este curioso salón abigarrado. Quede, en la imposibilidad circunstancial de hacerlo, la impresión que aquí cordialmente deseo transmitir del alto mérito de esta exhibición de un intelectual. Pocas veces, en efecto, se habrá usado mas legítimamente esta palabra de moda, aplicada a un artista. Porque es lo cierto que lo que vibra en estos cartones mudos, tal vez discutibles, es la palpitación sagrada de un talento místico, y hay en cada friso bosquejado y en cada ala de monstruo, una cantidad básica de cultura no común desgraciadamente por estas latitudes.

¿Por qué se cansó el artista tan pronto allá en su emigración...? ¿Por qué dejó la ciudad brumosa y romántica, pletórica de fuerza, conquistable al fin y a la postre...?

Jesús Castellanos


El Fígaro.
Revista Universal Ilustrada. Nº 24, junio 12 de 1910
Año XXVI, p.277-279