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Marcel Molina. Por los caminos del azúcar
Al contemplar estas obras del joven grabador Marcel Molina sobre el desmantelamiento y reconversión de la industria azucarera en Cuba, no podemos evitar repasar de golpe toda la historia de dolor y esperanza, de prosperidad y sumisión, de esplendidez y severidad, de drástica preeminencia y rotundas estratificaciones sociales (también de sacrificio y consagración), vividas por los que protagonizaron desde los finales del siglo XVIII la instauración de la producción azucarera como rubro principal de la economía nacional y su posterior desarrollo. Tampoco el influjo de las imágenes que se han sucedido a través de los tiempos por la obra creadora de los artistas de la plástica que han abordado el tema desde múltiples miradas, técnicas y estilos. Tal es la trascendencia e impacto que los paisajes naturales, arquitectónicos y humanos –tangibles e intangibles- erigidos en torno a la fábrica y a su faena, han tenido sobre nuestra visualidad.

Bien se ha dicho que no se puede interpretar correctamente ha historia de Cuba sin transitar los caminos del azúcar (…) como artista de la posmodernidad, este creador también acude a las citas y escoge a Pogolotti (El cambio, Alba, Cielo y Tierra) y no es casual. Marcelo Pogolotti fue el más comprometido con la clase trabajadora y el drama de los sectores más humildes de la sociedad entre los maestros de las primeras vanguardias del arte cubano.

Es cierto que en el panorama de la plástica actual un grupo de creadores han volcado su interés nuevamente en la temática del azúcar. Yo diría que es algo que ha ocurrido siempre. De hito en hito. Recuerdo en los años 70, artistas como Eduardo Roca, Choco, por ejemplo, grabador también de excelencia, puso en el mundo su serie de macheteros a la que llamó “Millonarios” –referidos a la cantidad de arrobas cortadas por un bracero durante la tristemente célebre Zafra de los 10 millones-. Sin embargo, las posibilidades que el desmantelamiento de la industria ofrece ahora a los creadores, van más allá de la imagen física que ofrecen las ruinas del tecnopaisaje, o como generador de retóricas consustanciales a una realidad que nos supera en el tiempo, sino que también les permite una reflexión prospectiva sobre el futuro de la nación, como si la lapidaria frase que pronunciara el intelectual autonomista cubano Raymundo Cabrera, “Sin azúcar no hay país” –y que el trovador santiaguero Ñico Saquito, en 1940, popularizara a través de una premiada guaracha son- pesara sobre nuestras cabezas como una maldición. Los artistas Tomás Maceira y Douglas Pérez trabajaron en los años 90 sobre esta frase y más recientemente, Nadal Antelmo y Ricardo Elías desde la fotografía también han estado trabajando la misma temática.

Marcel Molina es una de esos autores. Quizás uno de los más reconocidos por el virtuosismo de su obra gráfica dedicada a este tema “sagrado” dentro de la cultura cubana…


Janet Ortiz Vian
Abril, 2014