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Tiburcio Lorenzo, paisajes vueltabajeros
Lo mío es un relámpago. Entrevista a Tiburcio Lorenzo

Cuando llegamos a Pinar y el auto se detuvo frente a un edificio de apartamentos, calle Martí número 127, en pleno corazón de la ciudad, no me pareció que allí pudiera tener su estudio un paisajista que en cierta ocasión había dicho: “yo siempre me condeno, me castigo a meterme en los lugares más enrevesados”. Pero unos minutos después todo quedaría aclarado: su estudio está donde quiera que el caballete portátil largue las patas extensibles, y esta casa es una pausa habitual en el perenne ir y venir de la naturaleza.

Contra las paredes de la sala se apoyan montones de cuadros terminados. En ellos los niños han dibujado con tiza blanca grandes monigotes que Tiburcio no permite borrar.

Tiburcio es como un resorte que se contrae y se dispara a cada instante, hay mucho nervio en él; es flaco, blanco en canas y lleva una gorrita de pelotero azul y blanca que a menudo se arregla con gesto acostumbrado.

“Usted me pregunta qué pienso de nuestro paisaje, pues le diré que éste que está aquí ha recorrido toda la isla de Cuba, y sin regionalismo pienso que Pinar tiene cosas que no hay en ninguna parte. Se dice que el paisaje de Oriente tiene líneas masculinas, así es su Sierra Maestra; entonces el de aquí, el de Los Palacios, tiene líneas ondulantes, muy femeninas.”

“El paisaje es mi propio espejo; yo nací tierra adentro a la orilla del platanal, junto a la palma, allá por Segundo Tairona hace sesenta y seis años (1912). El paisaje ha sido desde entonces mi vida, un trauma que llevo con orgullo.”

“Pero ahora tengo una inquietud; la Revolución cambió el paisaje y mi dilema es si puedo reflejar en la pintura tales cambios. A veces se acerca alguien y me sugiere que ponga en la obra una de las nuevas secundarias en el campo, y yo me pregunto: ¿hago algo pintando ese edificio que mejor lo traza un arquitecto? Yo no debo destacar tanto la mano del hombre, si mi visión de este renovado paisaje transmite su alegría de hoy, creo que es como para estar satisfecho. Antes, mis cuadros tenían menos emociones, pintaba para ganar unos centavos, ahora pinto para que gocen los demás.”

Tiburcio se describe a sí mismo como “un bohemio de provincia…” “¡Sí!... pero mi bohemia es distinta a la que usted se imagina” –me ataja sonriendo. Y continúa: “La vida ha sido dura, y mi bohemia consiste en encontrar felicidad por ahí, mientras me pinto un paisajito; llegar a casa de un campesino y tomar café recién colado. Lugares, cosas, frases, que encuentro y me hacen feliz, por ejemplo, el guajiro que me cuenta que se llevaron a su hija para la eternidad. Yo empiezo a darle el pésame y el guajiro me ataja: ¡No, hombre, no!, si ella lo que va es a parir. ¡Vaya, eternidad no, maternidad!”.

“La vocación me la impuse, porque mi padre no quería que fuera pintor, él decía que los pintores pasaban mucha hambre, que terminaban en borrachos amargados.”

“Yo viví el machadato y también el batistato, pasé días y días sin comer; vigilando a mi padre que quería suicidarse… con eso le digo todo, ¡fue muy dura la vida! En 1937, cuando por fin conseguí una beca para San Alejandro, ya le había sacado mucho fruto a la tierra, y ni se sabe cuántas vueltas me anoté como mensajero de la Farmacia La Modernista del Dr. Camacho. Allí en la Academia di colorido con Romañach y paisaje con Domingo Ramos. Aún cuando mi paleta es otra, reconozco que Domingo Ramos era un maestro del paisaje.”

“Alcancé prestigio en San Alejandro gracias a las calillitas que fumaba, las puse de moda entre profesores y alumnos. Era lo primero que echaba en el maletín cuando embarcaba para La Habana. Las calillitas eran unos tabaquitos que yo mismo torcía”.

“En la época de becado en San Alejandro, tener dinero para comprar un pincel resultaba una cosa extraordinaria. Con los trece pesos mensuales que recibíamos teníamos que pagar alojamiento, comida, materiales, viajes, etc. Y gracias que levantábamos presión en una fonda de chinos muy barata que se llamaba La Deliciosa…”.

Tiburcio parece buscar algún recuerdo perdido.

“… ¡Eso es!, me gradué en 1944. Regresé a Pinar y fundé aquí una escuela de artes plásticas (1947). Con los profesores formamos además, un grupo, “La Punta”, que no duró mucho. Para poder pagar el claustro tuvimos que recurrir incluso a garroteros.”

Descubro una marina entre sus cuadros y le pregunto por el lugar donde fue hecha.

“Es un muelle de La Coloma. Desde hace muchos años voy allí a pintar, tengo cuadros de todos sus rincones. Antes era triste, hoy es distinto, La Coloma de ahora es París.”

“Con la gente de La Coloma hay que tener cuidado, porque cuando uno está pintando ellos se fijan en todo. ¡Alabao! Que no le vaya a faltar algo al barco que está pintando, y no se atreva a cambiarle nada, también los campesinos son así. Es un problema porque yo a veces falseo o cambio elementos para darle fuerza a la composición, y por otro lado no quiero ponerme a mal con ellos que me posan complacientes horas enteras.”

“Yo me siento en el mar, hombre de mar y trato de ver las cosas como él, y ante la campiña tengo las emociones del hombre de tierra adentro.”

“Mire le voy a contar una de mis aventuras en esos parajes de nuestra manigua donde sólo yo me meto; lugares que si me muero en ellos nadie va a encontrarme, nadie va a decir ése es el famoso Tiburcio: un día estoy pintando en lo más intrincado de El Pitirre, la sierra donde mataron a Peraza, y de repente siento moviéndose algo a mis pies, era un majá como de tres metros que pasó lentamente por encima de mi paleta y se fue que parecía un arcoiris. Yo me fui por el extremo contrario como una exhalación olvidándome hasta del equipo.”

“Donde quiera que llego, aquello se vuelve un círculo de interés”.

Los juicios que emite Tiburcio sobre arte son categóricos: “La filosofía, la teoría en pintura confunden al pintor, yo soy un loco en potencia, que no sé lo que voy a hacer. Para pintar no hace falta la foto, la foto debe tenerla uno en la cabeza. Admiro a ciertos pintores y corrientes modernas; creo que a veces lo académico hastía, pero en mi caso aunque he querido romper no puedo, porque significaría dejar de ser fiel a la naturaleza. El pintor que más fervientemente aprecio es Sorolla. Mi “estilo” es la sinceridad.”

Sus descripciones de personalidades, con las que en algún momento compartió, son tan precisas como sus juicios artísticos: “Me ligué a Ponce igual que los demás porque aparte de un buen pintor era un jodedor, él creía ser el único que sabía de pintura; era un gran talento, hizo cosas importantes con sus grises pero no me pudo influenciar. Ponce tenía nariz de Pinocho que salía del sombrerito enterrado hasta las orejas”.

“Una vez yo fui a un juicio de Ponce. Una señorona del Vedado lo acusaba de haberle pedido un anticipo por un retrato que nunca le acababa de entregar. Ponce dijo: este juez comprende el arte porque una vez me compró un cuadro. Y logró convencerlo de que aquello no era estafa, sino un problema de falta de inspiración, obteniendo del tribunal un plazo para seguir esperando por la musa”.

Del joven pintor pinareño Pedro Pablo Oliva, piensa Tiburcio: “yo veo en él una potencia de nuestra joven pintura, trabajador hasta matarse, entregado a su obra con absoluta seriedad. Pedro Pablo fue mi discípulo y le deseo que ojalá llegue a brillar más que yo.”

Entre las personalidades que a menudo evoca, está Antonio Guiteras: “A Toni lo conocí cuando él trabajaba de boticario en la farmacia de Ubieta, yo era el mensajero de otra farmacia e iba allí a agitarlo para que me preparara esta o aquella receta… Un tiempo después de su muerte realicé su busto para un parque de aquí; durante el batistato tuve que esconderlo y sólo con el triunfo de la Revolución volvió a su emplazamiento”.

Tiburcio me trae su álbum de recuerdos: “yo soy muy descuidado con estos papeles –aclara-; esto lo organizó mi esposa.” Ahí están las fotos de sus principales obras: Alborada, con la que ganó el primer premio de paisaje otorgado en 1955 por la Universidad de Tampa; Luz Tropical, primer premio del concurso de paisaje de Madrid, España, convocado por Cubana de Aviación en 1957. Está también la reproducción de una obra suya alegórica al ciclón Flora en un sello de correos cubano (1967). Los títulos al pie de las fotos reconstruyen la geografía de su mundo artístico: Rincón en Cabañas, Zona de Cinco Pesos, Viñales, Cerro de Cabras, Puerto de La Coloma, Loma del Toro, etc.

“Cuando me quedo unos días en casa siento una cosa que me va comiendo hasta que me exploto y grito: ¡está bueno ya de ciudad!... y arranco aunque me destarre. Primero hago mi exploración, buscando rincones, me enamoro de uno y me planto con mi mochila y el caballete. Concluido el cuadro se lo muestro allí mismo a los campesinos que empiezan a acercarse enseguida comentando: esa es la casa de Manuel, aquel el mango de los Iznaga, etc. Indicando con el dedo, y que no falta el que lo meta en la pintura fresca”.

El auto nos aleja de Pinar, Gory el fotógrafo me muestra el catálogo de la última exposición de Tiburcio en La Habana (Galería Amelia Peláez del Parque Lenin), y pienso que Tiburcio también se aleja quizás hacia sus Palacios de hechizante vegetación.

por Aldo Menéndez
Revolución y Cultura, Noviembre de 1978