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Iconografía de las guerras de independencia en la fotografía cubana del siglo XIX
La temprana llegada de la fotografía a la isla de Cuba, fomenta un escenario de interés por el recién descubierto avance tecnológico, que se debate entre la búsqueda de aplicaciones al invento como auxiliar para dibujantes y grabadores, y el arribo de un fuerte rival para el arte pictórico. Mientras el cuadro pintado requería de un prolongado proceso de ejecución que no alcanzaba nunca la reproducción exacta de la realidad, la fotografía ponía al alcance de la mayoría, la posibilidad de conservar las imágenes de seres y sitios dilectos, afincando sus obvios beneficios en el amor de la época por la objetividad científica y la aplicación de la inventiva humana a las esferas más íntimas de la vida cotidiana. Sin lugar a dudas, la máquina fotográfica labró su éxito y se constituyó en su propia herramienta de propaganda.

Cuando Federico Mialhe solicitó permiso en 1841 para importar “una máquina para sacar paisajes y retratos”, se le denegó el privilegio por haber sido introducido un artefacto semejante “desde Estados Unidos por el Sr. Guillermo Halsey (sic)”. La llegada del norteamericano George W. Halsey a La Habana a fines del año 1840, seguida de la apertura de la primera galería de retratos al daguerrotipo en enero de 1841 en la calle Obispo -que devendría el primer estudio fotográfico en Latinoamérica,- y el posterior establecimiento de fotógrafos y artistas del medio provenientes de Europa y mayormente de esa nación americana, inició al público cubano en una nueva oferta calurosamente acogida, que se exteriorizó en la proliferación de las galerías de retratos en la Isla.

Hacia finales del siglo XIX, los trabajos fotográficos han ido manifestando paulatinamente un lenguaje propio, que si en el estudio aún cuida de la buena composición de la imagen y la correcta distribución de la luz; evoluciona, en otra dirección, hacia la aparición en la prensa y revistas de corte artístico, de la fotografía documental e informativa. Valiéndose de las ventajas del procedimiento fotográfico, la movilidad y rapidez conferidas por el medio, aparece en nuestro panorama artístico el fotoperiodista. Algunos tan destacados como José Gómez de la Carrera, cronista por excelencia de revistas como El Fígaro y otras muchas publicaciones, quien fuera corresponsal de guerra en la segunda etapa de las luchas independentistas. Gómez de la Carrera dejó impresionantes testimonios de la reconcentración de Weyler, y actuó como fotógrafo de la comisión que investigó el hundimiento del buque Maine.

Por otra parte, la producción industrial de la placa seca de gelatina, con posterioridad a la década del setenta del siglo XIX, posibilitó la toma de instantáneas y el desarrollo de la fotografía de aficionados, que tan numerosos archivos históricos aportó a la documentación de las guerras de independencia. Mayormente anónimos, los registros fotográficos del entresiglos XIX al XX contribuyeron al asentamiento de una iconografía patriótica formada por galerías de próceres y héroes de guerra, fotos de campaña que almacenan además todo un conjunto de construcciones ingenieriles surgidas como respuesta a la lucha irregular de las tropas mambisas, sitios de batallas y expediciones marítimas.

Memoria viva de acontecimientos históricos, la fotografía certificó las violencias ejercidas por España contra la población insular en su afán de sofocar las manifestaciones independentistas. Es el caso de la reconcentración ordenada por Valeriano Weyler, la cual afectó a una numerosa población campesina, que hacinada en poblados, sin alimentos ni condiciones de higiene adecuadas, fueron diezmadas por las enfermedades y el hambre. Las conmovedoras imágenes que en ocasiones parecen anticiparse a los campos de concentración fascistas, retratan el silencio, la tristeza, la soledad del reconcentrado, a quien el viento arranca el último girón de piel sobre los huesos. Un nuevo lenguaje para registrar sucesos que no podían ser explicados con palabras, que se resistían a ser embellecidos por el arte, que escapaban a la lógica convencional de un escenario susceptible a ser descrito. Sucesos que quedan atrapados en el fragmento, mediados por el misterio del lente, que nos imposibilita de saber la exacta edad de seres momificados en plena vida, envejecidos infantes, adultos fruncidos hasta las proporciones del neonato.

Con el tiempo, se establece un eficaz diálogo entre la fotografía y la pintura, que podemos seguir en el análisis comparativo de la producción de la época. Mientras la experiencia y el entrenamiento de la composición pictórica, ofrecen al artista del lente un recetario para el encuadre de la escena y la disposición de los grupos y acciones retratadas; la fotografía influyó en la pintura de historia relativa a la independencia, como referente directo del escenario de los combates. La fotografía de campaña, tomada por lo general desde alguna elevación que ponía a buen resguardo al fotógrafo y su equipamiento, influye en la aparición de escenas en “picada” como la utilizada por Feliciano Ibáñez en su cuadro “Batalla de Mal Tiempo” para reflejar al generalísimo Máximo Gómez en plena acción de combate. Otra contribución importante tiene su origen en la fotografía panorámica, que media grandemente en una tipología de paisaje apaisado y de horizonte medio, que tendrá en nuestra plástica republicana su mejor exponente en Domingo Ramos, quien se remite a este tipo de vista para su cuadro “Lugar del combate Las Guásimas, Santiago de Cuba”.

El valor de los materiales fotográficos para la construcción de la historia, ha ido escalando en importancia durante más de centuria y media de existencia de esta técnica, por su inusitada inmediatez al hecho cierto y al suceso trascendente. Si bien con los años se comprendió el lenguaje fotográfico como una grafía sensible también a la subjetividad de su autor y a la interpretación personal: huella de una presencia frente a una realidad expresada de forma sensible a través de un encuadre, la elección de unos parámetros o un tipo particular de sensibilidad para la película con que se ejecuta una toma; la fotografía fue y es también construcción de sintaxis y cimentación de ideales. Las imágenes de la etapa culminante de nuestra historia independentista, son testigos de excepción, mudos documentos de una época, donde la forja de la nación, alimentada por el fuego en el teatro de la guerra, puso a prueba lo más genuino del carácter nacional y elaboró, con el auxilio de la fotografía, una nueva mirada a la historia patria de la cual somos hoy, a través del lente de artistas y aficionados de finales del siglo XIX, espectadores desde el futuro.

MSc. Delia Ma. López Campistrous
Curadora de arte cubano de Cambio de Siglo, MNBA