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Carolina Vilches Monzón, una voz femenina en la fotografía cubana contemporánea
En la otra cara de la moneda encontramos a la santaclareña Carolina Vilches Monzón, quien ha centrado su interés en la figura de la mujer como obrera, ama de casa y objeto de deseo gracias a «Turno corrido», serie fotográfica que le mereciera el Premio Pablo de la Torriente Brau en 2006.
En «Turno corrido», lo diegético también juega un papel esencial, pues el conjunto de 20 instantáneas está dividido en tres partes: Turno de la mañana, Turno de la tarde y Turno de la noche, todos «trabajados» por la autora. Seguir el hilo narrativo es fácil: Carolina se despierta, lava y tiende la ropa, prepara y lleva a sus hijos para la escuela o el círculo infantil, ejerce sus funciones como fotógrafa profesional del periódico Vanguardia, llega a casa y edita las imágenes que debe entregar a la redacción. Luego baña a los muchachos, les ayuda en las tareas escolares, cocina, sirve la comida, friega, duerme al niño más chiquito, se despierta de madrugada porque el bebé tuvo una pesadilla, y tras concluir el Segundo turno, cuando no tiene fuerzas ni para respirar, asume el Tercero, pues su esposo le recuerda, toqueteos de por medio, que debe cumplir en la cama sus obligaciones maritales.
Las imágenes destacan por el acertado uso de la objetería y el color, a excepción de la propia Carolina, que se auto representa en blanco y negro, sobra decir el por qué. La superposición digital de transparencias que la representan en diferentes instantes de una misma acción terminan por transformarla en un pulpo cinestésico, con el don de la ubicuidad, capaz de hacerlo todo en tiempo record, una y otra vez, día tras día, en verano y en invierno, hasta que la muerte la exima de sus responsabilidades. ¿El resultado?, un paneo «al crudo» en el cotidiano algoritmo de una ama de casa que muy bien pudo haber inspirado a Stefan Zweig para escribir su novela «24 horas en la vida de una mujer». Solo que, en este caso, los 1440 minutos protagonizados por Carolina no tienen nada de apasionante, intenso ni trascendental.
«Una no nace mujer; llega a serlo», aseguró en cierta ocasión la escritora francesa George Sand. Yo me atrevo a agregar un corolario a esta célebre sentencia: «A una la hacen mujer», pues la identidad de género y sus funciones convencionales, construidas a partir de las diferencias sexuales biológicas, llega a nosotros de manera impositiva y preconcebida, incorporándola gracias al lenguaje, como se aprehende toda cultura. Rebelarse desde las artes plásticas contra estos estereotipos, roles y maniqueísmos es una prueba de fe que, por fortuna, las fotógrafas cubanas vienen ejerciendo desde los pasados noventa, aunque aún les falte mucho camino por recorrer.
En el Medioevo las hubieran quemado por brujas o herejes (la versión epocal del disidente); a la luz del (mal) feminismo, pecarían de fundamentalistas. Hoy, son solo artistas que se resisten a polarizaciones y prototipos, y exhiben sin reservas las verdades que muchas veces los otros se niegan a escuchar.


(fragmento) (por: Maikel Rodríguez Calviño)