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Las puertas de la muralla. Arquitectura colonial
La Muralla de la Habana

Por. Luis Bay Sevilla

Allá por los años 1667, 68, 69 y 70 y con arreglo a un plano presentado por el maestre de campo Dn Francisco Dávila Orejón y Gastón, que era el gobernador de la Habana en aquel tiempo, se comenzaron a construir las murallas, ofreciendo el vecindario para la misma, según recoge el historiador Arrate, nueve mil peones y votando el Cabildo el impuesto de medio real de sisa sobre cada cuartillo de vino vendido, que unidos a los veinte mil pesos que dieron las Cajas Reales de México, parecían suficientes para ir realizando los trabajos.

Las obras quedaron prácticamente terminadas en el año 1740, y en el de 1797 quedó finalizada la construcción del camino abierto y de los fosos, después de repararse los grandes destrozos que en las murallas y demás fortalezas de la ciudad originaron los cañones de la flota inglesa que tomó la Habana en el año 1762.

En el año 1727, afirma el historiador Pezuela, el gobernador Dionisio Martínez de la Vega, alarmado con la presencia de los armamentos ingleses que discurrían por las aguas de la Isla, con un lienzo de pared endeble y defectuoso, cerró los tramos que daban al mar. Años después, estas obras fueron demolidas por el sucesor de éste que lo fue el gobernador Juan Francisco Guemes Horcasitas, convencido que fue de que lo hecho por Martínez de la Vega no valía para nada.

Durante el sitio que sufrió la plaza, desde el 6 de junio hasta su rendición el 13 de agosto de 1763, casi todos los lienzos de muralla que corrían por la parte de tierra, desde la Punta hasta la Puerta de Monserrate, quedaron en estado ruinoso.

Constaban las murallas de nueve baluartes y un semi-baluarte que se extendían desde el Castillo de la Punta al Hospital de San Francisco de Paula, unidos por sus cortinas intermedias, pero reducidos, y sólo susceptibles de cuatro piezas en sus caras y dos en cada flanco. Los terraplenes, tenían por algunos lugares muros de contención. Las escarpas y parapetos eran sillería. Los fosos aparecían de una anchura desproporcionada en relación con la profundidad que tenían. Las murallas se comunicaban con el exterior por medio de seis puertas.

Tal cual aparecía a fines del año de 1862 el recinto amurallado de la Habana, podía definirse según Pezuela, como un polígono irregular, con baluartes entrantes y salientes, así en las referidas caras, como en las que en Sur daban frente a la bahía. Aunque encerraba casi siempre más del doble número de hombres de todas las armas, el fijado para su guarnición, sin contar la de sus fuertes y castillos, no pasaba de 3´400 y contaba con 180 piezas de todos los calibres en baterías.

Abrían el recinto, las puertas llamadas de la Punta, de Colón, Monserrate, de Tierra o de la Muralla, Nueva del Arsenal, de la Tenaza –cerrada al tránsito durante muchos años,- y la de Luz, que daba a la bahía.

Estas puertas estaban construidas de la siguiente forma:

Puerta de la Punta: Era un vasto arco de sillería abierto en el baluarte del mismo nombre. Tenía cuerpos interiores para una numerosa guardia y un puesto de resguardo. Servía de paso para la Cárcel Pública, el inmediato Castillo de la Punta, Alameda de Isabel II y el Paseo extramural de San Lázaro.

Puerta de Colón: Era de forma sencilla y con puentes sobre el foso para facilitar el movimiento con los arrabales en el largo espacio de muralla que mediaba entre las puertas de la Punta y Monserrate. Tenía cuerpo de guardia y abría entre los baluartes de San Juan de Dios y el Santo Ángel. El único garitón que se conserva frente al Palacio Presidencial correspondía a esta puerta.

Puerta de Monserrate: Constaba de dos elegantes arcos de sillares, abiertos en la cortina que corría entre los baluartes de Monserrate y de la Pólvora, sirviendo una de entrada y otra de salida de caballos y carruajes, siendo este punto el de mayor tránsito entre el recinto y los arrabales de la ciudad. Estas dos puertas se construyeron en 1835 durante el mando del General Tacón y su costo ascendió a cien mil pesos fuertes. El arco de la derecha, que correspondía a la calle de O´Reilly servía de salida y el de la izquierda, que correspondía a la de Obispo, para la entrada.

Puerta de Tierra o de la Muralla: Se componía de dos arcos de silelría abiertos desde 1721 entre los baluartes de San Pedro y de Santiago y en la calle del Egido, que terminaba en este lugar en un espacio descubierto a modo de plazuela, en la salida por el oeste de las calles Bernaza, de la Muralla y del Sol. Servía de tránsito para el inmediato Campo Militar, hoy Plaza de la Fraternidad y los barrios extramurales de Jesús María, el Horcón, Jesús del Monte, el Cerro y otros. Uno de los arcos estaba destinado a la salida y el otro a la entrada de carruajes y caballerías.

Puerta del Arsenal: Constaba de un arco sencillo entre los baluartes de San Isidro y de Belén, para servir de paso de comunicación más inmediata entre el recinto y el Arsenal, por la calle de Egido. Quedó abierta en 1765.

Puerta de la Tenaza: Se abrió en 1745 entre el baluarte del mismo nombre y el de San Isidro, con rastrillo, puente levadizo y cuerpo de guardia. Su objeto era facilitar la comunicación con el Arsenal, cuya construcción se iniciaba en los terrenos donde se encuentra en la actualidad la Estación de Ferrocarriles Unidos. Se cerró en 1771 por rivalidades entre el Gobernador General y el General de Marina, abriéndose más tarde, al solucionarse este asunto, la Puerta Nueva, como paso mejor abocado para la referida dependencia.

Puerta de Luz: Esta puerta se abrió en 1742, durante el mando del General Guemes Horcasitas, que reconstruyó todos los muros del recinto amurallado, desde el baluarte de la Tenaza hasta el de Paula. Radicaba esta puerta al extremo del muelle del mismo nombre, y el baluarte de Paula. Desde un principio, se destinó a la introducción de pasajeros y frutos procedentes del pueblo de Regla y otros puntos de la bahía. Recibió ese nombre por ser el apellido del regidor Don Cipriano de la luz, propietario a la razón de la amplia casa inmediata a esa puerta, donde tenía su residencia.

(…)

Las ruinas que se conservan dan idea clara de la solidez de las murallas, que eran de magnífica cantería y tenían sus garitas para los centinelas, semejantes a lo que existe en el trozo que se conserva frente al Palacio Presidencial.

El gobernador de la Isla en 1708 deseando reforzar estas fortificaciones hizo construir el baluarte de San Telmo que iba del Castillo de la Punta al de la Fuerza, cerrando así la ciudad por la orilla del mar, pero comprobado que estas obras eran insuficientes e inútiles, se procedió a demolerlas en 1730, siguiéndose el recinto de las murallas desde la Punta hacia la bahía.

En el año 1841 se comenzó a pedir al gobierno de España la demolición de las murallas, porque dado el progreso urbano de la ciudad, esas obras resultaban un enorme cinturón de piedra que impedía el ensanche y mejoramiento de la capital. Al efecto, se encomendó a los agrimensores Mariano Cortés y Francisco Camilo Cuyás que levantaran un plano topográfico con la situación de las murallas, para poder estudiar sobre ese plano el trazado del nuevo reparto que se proyectaba.

(…)

La Real Orden de fecha 22 de mayo de 1863 ordenaba el ensanche de la población de la Habana y consecuente derribo de las murallas que formaban el recinto de la plaza desde el Fuerte de la Punta hasta la Puerta del Arsenal.

(…)

Cuando la primera intervención norteamericana, se procedió al derribo del trozo que existía todavía frente a la Iglesia del Ángel, dejando dos grandes lienzos que comprendían los baluartes completos, como recuerdo histórico, uno de ellos junto al Instituto y el otro donde actualmente se levanta la Tercera Estación de Policía. Fue realmente lamentable que el gobierno republicano ordenase la demolición de estos restos de murallas, que hubieran tenido en toda época un valor histórico extraordinario.

Sólo queda en pie el garitón del Santo Ángel situado frente al Palacio Presidencial y un lienzo, sin importancia, en la esquina de Teniente Rey (…) Queda también en pie, el medio baluarte de la Tenaza, construido en piedra y que puede verse frente, en el costado norte de la estación Terminal… (donde)… existe perfectamente conservado, un muro de unos cien metros de extensión en el cual todavía puede apreciarse la puerta que dio origen a la calle de ese nombre. (…)

El nuevo reparto que se trazó en los terrenos que ocupaban las murallas originó la calle Zulueta en toda su extensión y la alineación de las de Egido y Monserrate, levantándose en las manzanas limitadas por estas calles, distintas construcciones (…).



Publicado en la revista Arquitectura, Año V, Nº 53, diciembre de 1937.