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Centenario de Mariano Rodríguez
Vuelo y arraigo

A finales de la década de los cuarenta, los frecuentes contactos de Mariano con el mundo cultural de Nueva York le han enfrentado a un inesperado reto: El auge del movimiento abstracto en América le ha tocado a tal punto que en carta dirigida a su amigo José Lezama Lima en 1945 diría:

“…lo que el artista ha logrado en color, no hay forma objetiva que responda a ello.
Naturalmente sé que dirás, y lo he podido observar, que puede caerse en un arte decorativo, y
te aseguro que casi todos los pintores jóvenes han caído en este estilo, pero eso no es objeción
para el abstraccionismo en sí, pues sus posibilidades son inmensas”(1)

Poco después le escribiría:
“Sigo pensando en que la pintura es algo más que ornamentación para el pequeño burgués y
que el color es su forma verdadera de expresión y tiene que emocionar por su calidad plástica
solamente (…)” (2)

No asumiría semejante desafío, en cambio, sin que mediase una especie de ardua transición durante la cual explora este recurso, inicialmente, con cierta timidez, luego tomando todo cuanto puede brindarle en expresividad. Su mano, más que borrar la figura radicalmente, parece intentar espiritualizarla, potenciarla. Es posible sentir, al repasar sus obras realizadas entre el final de los años 40 y el primer lustro de la década del 50, el arduo camino de desprendimiento que desde el punto de vista de sus convicciones estéticas, ha recorrido el pintor hasta llegar a la dispersión de las formas en su pintura. Ofrece su pasado para reelaborarlo desde estos códigos que le apasionan y que representan para él la opción de un nuevo comienzo.

La progresiva descomposición del icono gallo en un sinnúmero de fragmentos-boomeranes
hasta llegar a la mancha pura, gestual, abiertamente informalista de los Gallo blanco y Gallo negro
de 1963; pero también el tratamiento que hace el consagrado autor de Paisaje de Casablanca
(1946) de su bellísimo Paisaje del Río Almendares (1956), ahora desde una franca propuesta de geometrización que se desintegrará más tarde en esa explosión infinita de manchas de color que es el Paisaje de La Habana (1963), son dos excelentes ejemplos de la transición de este artista a la abstracción, así como testimonio de la amplitud de su búsqueda.

Una coral de galleros que presagian la pelea de contendientes apenas vislumbrados entre sus
manos; toda una antología de personajes que perviven en sus cuadros desbordantes de poder: aquellos temas y estilos que lo han obsesionado a lo largo de su carrera, terminarán absorbidos por la urgencia de asumir la pintura como un fin en sí misma, en este viaje apasionante de ida y regreso que es la esencia de la exposición Mariano: vuelo y arraigo.

(1) Carta de Mariano Rodríguez a José Lezama Lima. Nueva York, Octubre 16, 1945

(2) Carta de Mariano Rodríguez a José Lezama Lima. Nueva York, Octubre 20, 1946 (inédita)


(Fragmento de un texto mayor. Beatriz Gago, 2011)