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William Hernández, verdades y caminos


Las verdades continúan exhibiendo su multiplicidad interpretativa en la obra de William Hernández. El hombre como eje central de reflexión y motivo artístico dialoga sobre la construcción de la personalidad, los nexos con la naturaleza y sus herencias culturales.
La exploración es una palabra de orden. Las indagaciones artísticas superan los límites de las manifestaciones y amplían el espectro creativo a formatos desconocidos en la obra del artista. La cerámica y la escultura devienen cómplices de tanteos expresivos, de búsquedas formales y conceptuales, de caminos indagatorios en diálogo con formatos tradicionales como la pintura y el grabado. Incluso en estos últimos pareciera que probar los límites convencionales fuera su motivación; las impresiones xilográficas sobre barro nos dan fe de ello.
La obra escultórica de William integra dos componentes inquietantes: el hálito de una herencia clásica y el espíritu transgresor contemporáneo. Bustos y pedestales, con aparente énfasis conmemorativo, sugieren penetrar la superficie y deconstruir las partes para acceder a las codificaciones del sujeto, para acceder a las interrogantes de lo consciente y del subconsciente. Rostros desgarrados o inacabados, complementarios u opuestos se reiteran para argumentar la dimensión construida de la individualidad humana; de esas esencias identitarias en permanente búsqueda de corporeidad, ya sea desde el barro, el carbón, la cera, el metal o el vidrio.
La tierra deviene mediación simbólica en el recorrido entre la expresión individual y la visión genérica del hombre; deviene raíz explícita como textura real o recreación plástica de los tonos ocres. Hojas secas, animales o minerales personifican una naturaleza latente, en estrecho vínculo con el hombre y su (de) construcción; en el que rostros, fragmentos, cuerpos…alternan el protagonismo de la composición desde los más diversos formatos. La naturaleza y el cuerpo humano conforman el sustrato del discurso poético con visos filosóficos y un marcado acento humanista.
¿El artista nos revela su canon de belleza como intenso debate entre el orden clásico y la indagación semántica de las formas? La revisión permanente de los materiales refuerza este cuestionamiento. Los contrastes sígnicos implícitos entre el bronce y el metal, la madera y la piedra, el papel y el barro complementan las lecturas múltiples del individuo y sus más íntimas verdades. ¿De qué estamos hechos? Ahí radica la principal inquietud en torno al hombre en la que confluyen formas, sentidos, construcciones sociales, herencias culturales y proyecciones personales.
“Verdades múltiples” abre caminos múltiples; algunos más explorados que otros por el artista que, sin lugar a dudas, introducen nuevos derroteros estéticos. La exposición se presenta como compilación de dos años de intenso trabajo, de permanentes indagaciones e inevitables exploraciones en los límites del Arte. A modo de caos visual se develan los secretos artísticos en la galería, respetando el camino creativo de las propias piezas. Así fueron concebidas y así se presentan ante el público, con la vocación explícita de develar las verdades sugeridas, fragmentadas o desfiguradas.
Sólo nos resta invitarlos a reflexionar y a compartir una carrera artística incesante, con sello propio y voluntad permanente de crecimiento; orientada hacia la búsqueda de verdades individuales o colectivas que se revelen en su multiplicidad de lecturas, como el Arte mismo.

Kirenia Rodríguez.
Diciembre de 2009

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Fragmentos de sueños... reales
TONI PIÑERA
En el grabado encontramos siempre algo diferente que la pintura no dice, y que toca con la escritura y bordea la poesía y la literatura. Sin embargo, “solemos quedar obcecados por la majestuosidad de la pintura y por el prestigio de la obra única. Hasta podemos llegar a dejar de lado las más altas confidencias y raras visiones confiadas a sutiles hojas de papel, para dar una importancia exclusiva a los cuadros rimbombantes...”, expresaba Henri Focillon en sus Maestros de la Estampa (1930).
Por suerte nunca se ha dejado de grabar, que es como atravesar el umbral de los misterios del arte y de los sueños... En esta dimensión, sobre el tablero de los sueños, William Hernández (Matanzas, 1971) es como el intruso que se desvanece. Alguien que encarna su “pesadilla” convirtiéndose en ella. Todos los grabados son una representación, pero lo que nos brindan son fragmentos de sueño: algo más nítido que la realidad, prolija y confusa. Algo que está regido por una lógica distinta, y sin embargo trasmite siempre, como un eco, todo aquello de lo que proviene. Inmediata, perceptible, dotada de una nueva frescura, la realidad está ahí, vista por primera vez. El desconocido es real. William no existe...
Todo cuanto se mueve en los grabados del creador, quien acaba de obtener el segundo Premio del Encuentro de Grabado 2001, con la original instalación Mira, yo sí estuve en La Habana —xilografía, madera, metal, tela, cordel y papel kraft—, no es más que lo que la mirada pone en relación: signos, atisbos, señales que llegan desde el tiempo. Fauna del subconsciente, teatro mental, y también del teatro completo de la vida contado con el estilo de la epopeya, a la manera de un misterio medieval o de un cuento de Voltaire.
A fuerza de sabios empeños, sus obras han logrado un estado de gracia confortable a simple vista, aunque su mejor momento es el de las segundas miradas, aquellas que se entretienen con morosidad en el aprecio de las calidades, las que le sacan el verdadero gusto al grabado. No es sólo de ir empapándose de un efecto de conjunto, sino de ir rastreando detalles, matices, intensidades, siempre con provecho. A su aire, sin alteraciones, insistiendo todo lo que le haga falta, William Hernández llega a una intimidad con el grabado que es intemporal. A tal punto que se olvida cualquier identificación anecdótica, cualquier distracción. Es grabado puro realizado por alguien que no ama otra cosa que grabar bien.
En la más reciente obra premiada del laureado artista, graduado de la ENA 1990, quien entre otros galardones ostenta el Premio La Joven Estampa 1997, que otorga Casa de las Américas, y en el Salón Nacional de Artes Plásticas Varadero Internacional, entre muchos otros, Wiliam Hernández entrega un “homenaje a los guajiros”, a partir de una tradición: aquella antigua cámara fotográfica ‘instantánea’ ubicada al pie del Capitolio Nacional, donde muchas generaciones han quedado fijadas en un instante. Con las matrices o tacos de madera armó esta cámara singular desde la que usted observa siete grabados con fragmentos de lugares típicos de la capital cubana: el Capitolio, el hotel Nacional, el Morro, el Castillo de la Real Fuerza, realizados en la técnica gráfica de la xilografía (grabado en madera) con mucha originalidad.
La buscada y rigurosa simetría que determina los grabados del artista resulta un enfrentamiento continuo, un intercambio recíproco de fuerzas en toda la extensión y en toda la profundidad de la plancha. La búsqueda de la belleza exige sacrificios: el proseguido diálogo entre el desencadenamiento y la fijeza. Lo abigarrado, proliferante, de la vida; y el rigor estático de aquello que la trueca en algo permanente. Y sin embargo, todas estas planchas se hallan conformadas por una aparente dispersión de los elementos en el vasto espacio de lo negro y una atención minuciosa, casi de orfebre, por los más insignificantes detalles. Como si el grabador quisiera excavar en ellos, tratando de extraer, de allí, la clave que los identifique. Se trata de grabados elaborados con gran sobriedad, y una profunda sabiduría en la composición.
Estos grabados nos sitúan de lleno, en un espacio barroco: este espacio ya no será geométrico, ni tendrá centros, líneas de fuga, horizonte, sobre todo, no será ya un escenario vacío, mientras se espera la entrada de los “actores “que van a recitar el drama de la historia-maestra. Será un espacio de dimensiones y direcciones infinitas, lleno de cosas. Los grabados de este creador modifican una herencia ancestral de la Historia del Arte, y de la vida, nuestra vida. Valiéndose de citas de autores de otros siglos y de este, y también de la rica iconografía religiosa y hasta de la revolucionaria (nuestra).
Lo más significativo en este grabador está en que sea uno u otro el tema o el ángulo por el que se aproxime a su identidad, la comparte con el espectador mediante el fuego de una visión orgánica, reconocible: detrás de apacibles apariencias, equilibradas composiciones, facturas cuidadosas, asoma un flujo turbador, una mirada atónita. Y no hay dudas, detrás de sus obras que pueden respirar en otros tiempos y regiones geográficas, está la pequeña Isla del Caribe. William es cubano.


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Rostros del tiempo
Por Carina Pino-Santos

Ella sostiene la cabeza y en la diestra la espada, de su ancho sombrero brotan decorativas y breves, las hojas plumosas de la palma: la testa de Holofernes, bajo su mano, aún mira agonizante —como pidiendo un último auxilio— hacia el pequeño campesino que bajo su sombrero de guano, bien guarecido del sol, trabaja concentrado la tierra; de ese fondo ocre, emerge a la derecha una gran palmera, de sus ramas surgen manos, tibias de un esqueleto, y en su tronco aparece cual intruso más activo, un obrero sudoroso.
Como en las obras de William Hernández (Colón, 1971) la anterior, Cuando la belleza se impone (2000)  es sólo un desconcierto aparente. Y es que su arte es el de los contrapuntos. Él se desliza por los estilos, los parodia, pero su mascarada es sutil, nada punzante, sino grácil, y a la vez logra proporcionar nuevas lecturas a través de esta vuelta indistinta, diversa y fragmentaria, al pasado, desde la memoria del presente. Una fuga en espejo en la que se superponen las manifestaciones (grabado insertado sobre lienzo, pintado y vuelto a asumir en su origen de reproducción múltiple o pintura que pudiera ser vista como grabado).
Una antropofagia más bien plácida que no deja de ser inquietante, para esta “devora” a plenitud fragmentos de la historia del arte occidental, citas a emblemas de la identidad cubana, y llamadas a la iconografía del arte nacional, remembranzas nada nostálgicas al pasado que confluye a la vez con una cubanidad nunca reductora, sino cambiante cual identidad activa y fluyente. Todo realizado con la más seria e intencional depuración técnica: un juego que sólo vale más en tanto más inclusivo sea.
En las obras de William es fácil apreciar el barroquismo de figuras góticas, renacentistas, en el fondo del espacio plano, en xilografía, a las que superpone figuras centrales trabajadas con acrílico, como su autoretrato Sencillamente autorretrato con cardo (2001).
Este joven artista ha sido laureado en importantes eventos. Fue premiado en el concurso La Joven Estampa convocado anualmente por la Casa de las Américas (1997) y obtuvo el Segundo Premio en el evento más importante de la manifestación del grabado que se realiza a escala nacional en el año 2001.
Sus últimos trabajos, que hoy pueden ser apreciados en la muestra Rostros del Tiempo¸ que durante el mes de marzo exhibe la Galería La Acacia, expresan los procesos de transición por los que hoy atraviesa el joven artista: la disolución de lo figurativo en fondos abstractos, la intención de persistir en el oficio de los Maestros sin abandonar su quehacer instalacionista (una espiral plena de significados aquí lo evidencia), y su constante autorreferencialidad, que incluye la de sus propios esfuerzos como creador de la “periferia”, ante los retos de la capital - centro (no obstante dentro de los márgenes, léase la Isla), aunque aún sin los acentos más duros de la crítica.
Finalmente, y ya con un sentido más inside, sus operatorias neohistóricas tienen un largo y sostenido recorrido, ellas no son sino resultado de doscientos años de ejercicios en apropiaciones coloniales y poscoloniales que hacen de nuestra cultura caribeña un sitio inclasificable de sincretismos y readecuaciones.