Exposiciones virtuales 
  Textos críticos

   
Ver obras de la exposición
 
 
 
 
Manuel López Oliva

Manuel López Oliva nació en Manzanillo, Oriente, en 1947. Entre su fecunda obra se destacan retratos de héroes latinoamericanos; sus visiones de la Catedral habanera, plenas de colorido y pinceladas sueltas; y los paisajes de Cuba, logrados con cierto neoexpresionismo, que resaltan en la plástica cubana como manifestaciones de un arte verdaderamente creador.


Antonio Núñez Jiménez . Fragmento del libro El almirante de los cien rostros. Ediciones de la Universidad Politécnica de Madrid, 1991.



_____________________________________



Cuando miramos a este pintor en sus ojos se repara al hombre enamorado de la naturaleza y sus componentes. Creció en un ambiente propio para su desarrollo: el taller serigráfico de su padre, en Manzanillo; su ciudad natal. Y desde edad temprana, al igual que otros artistas de su generación, participó en cuanto cambio se ha sucedido en su país.



El guerrero se retira del reposo y parte con sus manos y muchas ideas, a realizarse y dejar, como es placer del hombre, algo para los otros.



Ha querido sin miedo dejarse juzgar, dejar verse por dentro, exponerse a los comentarios y murmullos sinceros o hipócritas; no le importan al pintor que se dispone a colgar temporalmente la pluma, que como el mágico bisturí de Vesalius, separó sabiamente las diferentes partes para ser expuestas a los ojos de los demás hombres del Renacimiento.



Se hacen distantes aquellas obras Pop- Art con imágenes de la poética histórica cubana que ya entonces le valieron reconocimientos a López Oliva y a otros artistas en 1968, esa primera vanguardia nacida de las promociones de la famosa Cubanacán de entonces, la que Marinello llamara La Generación de la Esperanza Cierta.



A ratos irrumpía López Oliva con algunas satíricas instalaciones, aunque no con la estabilidad del ejercicio pictórico visible en sus catedrales de La Habana, tan emparentadas con las jirafas incendiadas de Dalí.



López Oliva ya habló extensamente y con sabiduría erudita del arte cubano, y su pecho está limpio de culpas, sin el remordimiento de haber hecho “carrera” con la obra de sus contemporáneos. Ahora está el toro en el rodeo, desafiando la mirada despiadada del torero.



Nelson Domínguez . 1994



_____________________________________




Ya López Oliva pasa del cuarto de siglo pintando y haciendo critica de Arte.



EI piso ajedrezado de su estudio, manchado a lo Pollock, es un relato curioso de las acciones y obsesiones de este hombre, sobre cuya obra, creo que no conocemos lo suficiente.



Sus retratos de héroes de los sesenta, coloridos y nada solemnes, son la génesis de esos otros de hoy día, de hombres anónimos y comunes, pero igualmente trascendentales en su humana e imperfecta configuración. Muchas veces enmascarados o habitantes de escenarios terribles, inflamadas y calientes catedrales, objeto de buena parte de su obra de los ochenta.



En el relieve cualitativo de su actual trabajo podemos percibir los sucesivos sedimentos de esos ya largos años de la fama pictórica.



Son sus rostros tramados una de las probables imágenes del hombre puesto al borde de situaciones extremas. Así veo yo hoy a López Oliva, acumulando toda la energía y la sabiduría posibles, prometiéndonos sobre el terreno una partida decisiva, en la que sin menoscabo del buen crítico de arte que es, levanto la mano por el sólido pintor que nunca ha dejado de ser.




Roberto Fabelo 1995


_____________________________________




Sus creaciones ofrecen los resultados de un pintor maduro, que se manifiesta signado por un espíritu renovador que lo acerca a los jóvenes pintores, que trabaja sus cuadros con evidentes calidades y no teme fundir en una misma imagen el sentido de la “bella pintura” con los recursos neoexpresionistas, el equilibrio compositivo, armonías cromáticas y un lenguaje que posibilita interpretaciones.



López OIiva pertenece al período que corre desde la segunda mitad de los años sesenta hasta nuestros días. Su condición de creador constantemente informado, derivada en parte de los más de 25 años ejerciendo también la crítica de arte, le ha permitido mantenerse siempre en sus propósitos expresivos sin limitarse a los parámetros de una década y con una frescura de imaginación que lo ha llevado a veces a la práctica de las instalaciones.



Toni Piñera 1993 (crítico)




_____________________________________




Precisamente en los albores de los 90, su pintura protagoniza una nueva transición del drama a la comedia, tal como camina la historia, se dice. Al principio un fuego feroz ahora a la catedral, convirtiéndola en un símbolo silencioso y sedicioso del ámbito, como atravesada por una cruz que la desangra, resumiendo el carácter dramático de este otro exorcismo. Pero pronto se escuchará la voz divina y desgranada de La Lupe entonando aquello de “Teatro, lo tuyo es puro teatro...».



Ahora la noción de la vida social como teatro, de la máscara como realidad, de la ideología como falsete —¿o sainete?—, no será sólo, se presume, el eco del carnaval posmoderno; la luneta, como la catedral está en llamas.



Esta última representación deviene el vértice de un pensamiento artístico maduro y orgánico que ya es capaz de apresar en la alegoría de la escena litúrgica y el flirteo de la mascarada —al centro, la catedral trasmutada en su propia máscara exuda la tragicidad de su fatum—todo un sistema de ideas y signos que ha ido fraguando, perfilándose con los años. La capacidad crítica del artista (o sea, el pintor—crítico que ya no necesariamente el crítico-crítico) se permite recrear y revisar casi toda la historia del arte, del punteado puntillista al gesto informal, del expresionismo figurativo a la abstracción geométrica, incluyendo la réplica virtual a estilemas de otros lenguajes, como el tapiz, el vitral, la ilustración, el mosaico o la miniatura, así como el teatro total convoca al mimo, a la acrobacia, la danza y la pintura. Hábil manera de tornar la aparente beatitud de la factura contemplativa en una trampa funcional que al más retórico convierte en cómplice, evidenciando de paso que la belleza y la acritud no tienen porqué excluirse, como ha pretendido tanto principiante de la última hornada. Con esta proyección performática desde la bidimensión, de diversos símbolos que recontextualizan la herencia cultural greco--latina o asumen el icono medieval, información subliminal con el color y hasta algún tétrico guiño a Dalí, se anuncia el Fin de la función.



Rufo Caballero, crítico de arte. Fragmento de un texto mayor aparecido en el catálogo a la muestra Sin catálogo. Pinturas de Manuel López Oliva, La Acacia. Julio de 1993