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Carlos Quintana. Nada
Si me pides el pesca´o, te lo doy

Rafael Acosta de Arriba

Para el infatigable fabulador que es Carlitos Quintana, inventarse imágenes es obsesión y manía, juego y obligación agónica, todo a un tiempo.

De 1984 data su primera muestra personal y largo ha sido el recorrido en estos veintidós años hasta alcanzar la madurez creativa de hoy. Para unos un Frankestein, para otros, un posmoderno utópico o un guerrero samurai, o el gestor de una obra inquietante que puede suscitar lo mismo la placidez de la degustación de un buen vino que el horror ante la sospecha de padecer un tumor maligno; Carlos Quintana es –y aquí va lo interesante de la perogrullada- Carlos Quintana. Y eso, ya es bastante.

Pocos artistas se parecen tanto a su obra como Carlitos a la suya (ya no me refiero al maestro Perogrullo). Esto, supongo, habla bien de su persona. Entre Heynekén y Heynekén y una buena conversación plagada de digresiones que se suceden de manera zigzagueante, la perrita del artista se encarga, servicial animalillo, de llevarse las latas vacías a la cocina. Escucho las frases rápidas como destellos del artista, y pienso en el surrealismo. Probablemente por ahí ande el rumbo de esta obra más que por cualquier otra coordenada.

Isidoro Duchase fue una de las almas que animaron el movimiento surrealista. El conde de Lautreámont, como se le conoció, fue un poeta maldito que utilizó las palabras para presentar imágenes, facilitando así las relaciones entre la pintura y la poesía. Entre las imágenes, las de animales mayoreaban. Carpentier advirtió mucho de Duchase en la obra de Max Ernst. Bachelard dijo que en Lautreámont la fauna era el infierno del siquismo. Octavio Paz que estudió a fondo el movimiento surrealista tanto en las artes como en la literatura, escribió que el hombre es un ser maravilloso porque, a veces, habla. Y esa fue una de las grandes batallas de los surrealistas, vindicar el lenguaje, y otra, borrar las huellas entre el arte y la vida, regresar al origen de la palabra, al instante en que hablar era sinónimo de crear.

De los juegos verbales a la pintura del modelo interior, y del automatismo psíquico a la crítica filosófica (y social) transitó –entre otros movimientos importantes- el surrealismo, que no fue ni estética ni escuela sino una actitud vital ante la creación y la vida. No se si Carlitos ha bebido de esta agua, pero su figuración y sus imágenes me sitúan en la agitación intelectual que lideró André Breton, puesto que revelar el sueño no significa renunciar a la conciencia ni a la razón, y Carlitos nos sitúa ante su mundo onírico con desenfado y quizá con cierto desmelenado desplante.

Cuando le comenté en una ocasión sobre estas asociaciones de su obra con la estética surrealista, me contestó: “sí, yo creo que es acertado, conozco a Duchase y todo lo que vino después”. Y es que estos vínculos, influencias y pregnancias en el tiempo a veces se detectan por una vislumbre, por una fulguración como, por ejemplo, para muchos estudiosos sucedió con el nexo entre Lautreámont y el arte de Miró, Magritte, Dalí y el período de los ready-mades, el cual podría encontrarse con certeza en la imagen ducassiana: “la rencontré fortuite sur une table de disection d´une machina á cudre et d´un parapluie”.

Y es que el uso que hace Carlitos Quintana de imágenes desconcertantes para crear su propia realidad, es la fórmula creativa que animó a los surrealistas. Es como un fin en sí mismo, y esas imágenes perturbadoras, enigmáticas, alteran la percepción del degustador y lo va asumiendo, gustoso o no, en esa atmósfera particular. Una mística que gana al espectador a partir de la pasión de iconos dispares, a primera vista irreconciliables. La actividad espontánea de la imaginación, motivada por la dinámica surrealista con el fin de revitalizar un mundo enajenado, parece ser el destino de la fabulación de Carlitos: un llamado al mundo intuitivo de la imaginación. Por ello no le di crédito alguno cuando un día me dijo: “Yo pinto solo para ganar dinero”. Otra provocación, por más que todo artista apela al mercado para vivir y poder seguir creando su propio universo. Como dice la canción popular Si me pides el pesca´o te lo doy, Carlitos nos regala lo suyo con el desenfado del que sabe que eso, lo suyo (su pesca´o), es bueno, muy bueno.

El furor y el hermetismo de Lautreámont parecen revividos en los cuadros de Carlos Quintana en los que, en apariencia, dominan la placidez y el equilibrio. Debajo de esa engañosa superficie se advierten las interrogaciones como espadas, la convulsa personalidad del artista y su restallante nerviosismo. No pretendo hacer un retrato hablado desde los rasgos de su obra plástica, sólo intento ser honesto conmigo mismo y escribir lo que siento, una deuda que sólo ahora, después de encontrar la necesaria concentración, puedo cumplir. Dueño de una poética muy personal en la que sobresalen un dibujo elegante de trazos inquietos, una imaginación delirante, y un cromatismo sobrio, a ratos esplendente, Carlitos ha convertido el tratamiento de la figura humana en el centro de sus desvelos creativos.

Decapitador con estilo (no robesperriano pues el francés no se involucraba demasiado), Carlitos le concede a la cabeza un extraño valor iconográfico. Cabezas, cabezotas, cabecitas, pululan en sus cuadros en los que, a veces en ristras o compartiendo el espacio con figuras humanas enteras, nos hablan de una vocación descabezadota, cual artesano olmeca, pero que en el fondo pertenece a su devoción por lo anatómico como imagen, o como una catarsis especular de quien se siente a sí mismo descabezado una y otra vez. Manía de autorrepresentación.

Influido obviamente por el bad painting y con coincidencias (no voy a decir que influido) en el modo de enfocar lo humano –al menos en la forma- con Lucian Freud, la imaginería de Carlos Quintana es sencillamente deslumbrante por sus desvaríos oníricos y la riqueza de su imaginación. Profundo en la concepción de la imagen, genitor de un fabulario en el que medran payasos, guerreros asiáticos de protuberantes narices, barrigones y barrigonas, hombres vestidos y trajeados y desnudos, y desnudas doncellas de buen ver, el artista nos ofrece por aquí y por allá, desperdigados como signos de una hermenéutica muy particular, un pescado o un breve graffiti. Semiótica muy personal que intenta aclarar cercanías y plantarnos distancias como la lejanía lezamiana en la que él sigue su vida “como un hecho cumplimentado” o “un arañazo para el espacio incisivo”.

Aliento fauve y una intermitente filosofía de la otredad animan esta obra de creación mitológica en la que se puede respirar un drama personal de incongruencias y rebeliones, de honda carga existencial. Si el ser humano se debate entre la soledad y la comunión como únicos estados posibles de la existencia, la obra de Carlos Quintana nos regala un misterio que solo es dable descifrar desde la mirada sorprendida y abierta, y el ánimo invadido por el desasosiego de quien trata de reconocer un estadío anterior de su ser, vislumbrado en algún sueño o pesadilla recurrentes.

De cualquier forma, esta pintura se agradece por su exquisita plasticidad, por su misterioso demonio, y aquí radica buena parte de su fortuna como hecho visual: el saber mezclar sus enigmáticas razones intelectuales con el placer de su degustación, el disfrute voluptuoso de la imagen.

Publicado en: Revolución y Cultura. Época V. Nº1, enero-febrero, 2008. p.61-62.

Carlos es el doctor Frankestein de una obra en que el hombre, la vida y el propio arte se muestran de manera irónica y salvaje, un monstruo loco que no perdona lo retorcido de nuestras almas.

Aldo Menéndez López