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CHOCO-late
VÁMONOS DE VIAJE CON CHOCO

En todos los tiempos, la reacción más común de cualquier espectador ante una obra de arte es la de preguntarse qué quiso expresar su creador. De esa primitiva costumbre tal vez, los primeros críticos, pioneros de la alquimia, de la indagación en los misterios de la merite y su reflejo en los símbolos.

De eras perdidas en la noche de la historia, nos viene el empeño por ejercer oficio de inquisidor frente a cada acontecimiento. Desde entonces, el ser humano se volvió juez de sus propias criaturas, preocupado en encontrar la clave de sus grandezas o la razón de miserias.

¿Cuántas veces, ante una imagen salida de las manos de Choco, nos hemos repetido las mismas preguntas? ¿Por qué esa simbiosis de colores y texturas nos atrapa? ¿Cómo hace para que esas siluetas despierten nuestros sentidos? ¿Qué pretende decirnos? Y casi siempre, la fantasía, don de la inocencia, brinda soluciones y respuestas acorde a nuestra perspectiva, muchas veces, bien distinta a la del creador.

Conversando sobre este tema, Choco dijo que le resultaba curioso que a nadie se le hubiese ocurrido preguntarse qué quiere decir el pájaro cantor: se disfruta con su trino, o sencillamente se le ignora; pero ni los biólogos más eruditos han logrado descifrar su melodía. Las aves tienen cantos premonitorios que anuncian la llegada del alba o de un enemigo cantos de amor y desconsuelo, de hambre y satisfacción... al menos así han clasificado sus gorjeos, algunos científicos muy avanzados en las artes de soñar y pensar como las aves. Pero lo único verdaderamente cierto es que ellas cantan para vivir. Su melodía es el latido de un alma que se resiste a quedar postergada.

Por eso, bástenos el comprender que Choco late desde el impenetrable y placentero reino de sus imágenes, que se entrega a él con la esperanza de salvarse de las sombras del olvido... Vamos a compartir con él este viaje sin equipajes ni compromisos, como si se tratara de una suerte de travesía hacia el lado izquierdo de su pecho, desde donde emana su arte.

Raimundo Respall.


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No, no está solo, aun cuando sepamos que el artista es un ser que vive en soledad, que se alimenta de la soledad, que se refocila en la soledad; él no está solo, él vive permanentemente custodiado por sus demonios, esos entes a los que le rinde tributo diario, que danzan en su cabeza, que asoman en cada una de sus aventuras y que con guiños perversos o inocentes aparecen en sus cuadros.

Y llegan provistos de atributos que el artista les ha consagrado. Atributos y dones propios, asistidos de poderos mágicos que se revelan en la mirada y que nos cuentan de sus vidas interiores y de sus andanzas por el mundo de todos los días.

Estos personajes, ya sean el Niño de Atocha, Colibrí o El último de la cola componen una hermandad, un gremio creado por Choco para propiciar el hechizo que es la única verdadera función del arte. Su olimpo lo compone un abanico de posibilidades y encantamientos, un sitio en que el Eros se revela triunfal, bien con un rostro pleno de ingenuidad, con una piña, un melón, o un extravagante tocado que nos remite al arte de Bizancio o al genial Roualt.

No sólo no está solo, este alquimista moderno, que vive en un rincón donde silba Elegguá y se aglomeran las sombras mundanas parecidas a orishas pero que realmente son seres únicos de auténtica factura y creación personal.

Las Miradas, Juego de Cabezas o el Conjunto de Yemayá, La Madre de Agua Lucumí, nos exaltan y conducen hacia un territorio único, de íntima comunicación humana en un espacio en que lo terrenal se conjuga con lo místico.

Y esto se logra en texturas generosas que aún cuando puedan expresar sobriedad por el uso adecuado del color crean imágenes visuales de efecto poético subyugador. Imágenes que integran ya el patrimonio plástico cubano.

Maestro –como ninguno en el patio- de la colagrafía, sus empastes sólidos y sus volúmenes sensuales lo identifican entre sus contemporáneos como el más avezado entre los figurativos expresionistas de vocación abstracta.

Choco es como su pintura, delicado ya ha vez expansivo, transido de claroscuros y seductor por naturaleza, Su seducción nos obliga a saborear con fruición sus cuadros, a sumergirnos en el caucho y la celulosa, a apoyarnos en la madera y el linóleo, en el metal y el vinilo. Nos lleva de la mano a un mundo donde cautivan los aromas de las frutas tropicales, los brazos y las piernas de cuerpos que se mezclan en su etnicidad para afirmar los valores identitarios de la isla, para ayudarnos a entender un cosmos que él ha creado con sus raíces y su sangre.

Nadie pretenda descifrar el misterio de su pintura, ese queda sumergido en el corazón del artista, Pero eso si, en su arte esta la esencia de lo cubano, esa esencia olvidada y de lo olvidado que él rescata con las herramientas de su talento y de su sensibilidad ya la que le otorga categoría universal.

Choco sabe que sólo el arte nos acompaña en la aventura de la trasgresión y la metamorfosis. Su obra contribuye a que nos entendamos mejor como seres humanos porque en ella descubrimos otro camino más hacia el reino de la fantasía al que todos aspiramos alcanzar y a donde el arte nos lleva siempre, esta vez de la mano del gran Choco.


Miguel Barnet