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Flora Fong: de Camagüey a Cantón
Flora Fong: de Camagüey a Cantón. Del Da y el Mu a la Palma Real.

Flora Fong es una de las pintoras emblemáticas de la plástica cubana actual, su obra ha sido valorada desde inicios de los setenta por consagrados académicos, críticos de arte, escritores y ensayistas como Adelaida de Juan, Graciela Pogolotti, Miguel Barnet, Jorge de la Fuente, Alejandro Alonso, Martha Rojas, Manuel López Oliva y Toni Piñera, por citar sólo los más representativos.

Como tantas veces se ha repetido, la artista pertenece a la generación de los setenta, también conocida como "Generación de la Esperanza Cierta", que significaba hacer arte a tono con el influjo revolucionario del momento. De ese grupo salieron nombres como Pedro Pablo Oliva, Nelson Domínguez, Roberto Fabelo, Zaida del Río, Ernesto García Peña y algunos que residen en el extranjero como Tomás Sánchez.

El paisaje cubano, particularmente las ciudadades de Camagüey y La Habana, la descendencia china por la línea paterna y su entorno físico y emocional, han sido tal vez las fundamentales fuentes nutricias de su producción plástica.

En la década de los 70, "a pesar de estar recién graduada, Flora ya ha recorrido varias etapas de su expresión pictórica, fundamentalmente ha experimentado con el instrumental del lenguaje surrealista, el de su pintura, llamada ingenua y sobre todo el de cierto expresionismo"

Desde el punto de vista temático, la década de los 70 representa una etapa de experimentación en la figura humana, donde de manera general predomina la evocación plástica de leyendas campesinas que más que todo le llega por fuentes orales en su natal Camagüey. Predomina la inspiración hacía lo femenino, donde se deja ver la mujer cederista, así como la relación de pareja en El árbol, Los recolectores, y La boda (expo permanente del MNBA).

Un tema de especial ternura para Flora en el séptimo decenio del siglo veinte fueron las inspiraciones en niñas y niños, donde lleva a la tela y a la cartulina sus vivencias de madre de Liang y Li, hoy jóvenes pintores que ya despuntan en la plástica cubana. Eran los tiempos en que su vida cotidiana no podia pasar inadvertida en su pintura, pues como muchas veces me ha contado la artista, en la pequeña casa de dos plantas donde vivía en aquel momento, las cunas de sus hijos se alternaban entre la habitación y el pequeño taller, entre el cuidado de los niños, los quehaceres domésticos y las emergencias cotidianas de los cubanos.

(...)

Descanso Bajo el Melón, realizada en el momento en que recién se reincorporaba, después de la maternidad, hacen presuponer que ya para el setenta y tres estaba definida su vocación por el sujeto campesino y por la labor agrícola, tema pálidamente explorado por la plástica cubana posterior a los sesenta y que afortunadamente es resematizado y retomado por el peculiar estilo de Flora.

(...) ya desde los setenta, Flora cuida minuciosamente el uso de los colores en su obra: de acuerdo a la idea que desea trasmitir utiliza en sus superficies todos los tonos, degradados por valores que ponen un matiz puro, imponiéndose como principio la atmosfera general del cuadro. No se detiene en un solo formato, pues sabe como ir desde los pequeños hasta los grandes formatos, en dependencia de la idea a trasmitir. Debuta en estos años en su experimentación con materiales no convencionales como la madera, aunque emplea al mismo tiempo la tela y la cartulina, tal es el caso de La Guardia, (mixta/cartulina. 70x50 cm, 1973), que a la altura de Raúl Martínez, deja impresa la impronta de la epopeya revolucionaria.

Hurgado en la memoria de la Exposición de Pinturas y Dibujos de Flora en la Galería Habana en 1985, devenida una suerte de estudio antológico de dos años de trabajo (1983-1985), se verifican los criterios de Alejandro Alonso cuando apuntaba que: "Según meditado proceso..., alcanza un lenguaje decantador, alcanza un lenguaje con el cual explora presente y pasado, cosas que están al alcance de la mano junto a otras tamizadas por el recuerdo” y continua diciendo que "...a moda del neoexpresionismo y de la bad painting (mala pintura) la toca, pero no es ella de quienes fácilmente salen de un estilo para adoptar otros irreflexivamente".

Después de su exploración en la figura humana, elemento que de alguna manera defendió la obra de Flora Fong en los setenta, en el decenio posterior prevalecio el gusto por la repetición casi obsesiva del paisaje, visto desde un grupo de símbolos de cubania tales como la palma real, los girasoles y otros temas menos frecuentes como la malanga de la dicha, sus jardines y el tendido eléctrico.

También ven la luz sus primeras incursiones en el tema de las tormentas. Viento inicia una gran línea temática, que son los fenómenos de la naturaleza, casi nunca presentados de manera apacible, que un poco exteriorizan su herencia contenida y se dejan ver los primeros elementos de la pintura China de la que tanto se ha escrito por todos aquellos que han evaluado la producción artística de Flora.

En El Papalote, que tiene como trasfondo la cubana palma real, verdadera protagonista del cuadro; centro de una gran ventolera en un caserío cubano, aglutina un conjunto de elementos que se mueven gracias al trazo de una linea negra, precisa, tal cual lo hubiera hecho un artista chino interesado en cuidar hasta el más mínimo detalle de la composición.

Desde los ochenta y hasta lo que está sobre el caballete en el estudio de Flora en estos momentos, ella resuelve todo un "desenlace" en torno al paisaje y sus tormentas... Tal vez Huracán (oleo/madera, 160x 160 cm, 1979), diseñado en una especie de rombo, fue el verdadero comienzo de la linea paisajística, que como se sabe no es otro paisaje que el cubano.

Sabe Flora cómo tomar ciertas cosas que nos rodean en la vida cotidiana y legitimarlas como obra de arte: Extasis de una Colada Criolla (o/t, 200x150cm, 1980) es una de los primeros intentos por representar el colador, ese que todavía utilizan muchos campesinos en sus mañanas para hacer su "coladita de café". Especulaciones aparte de si la incorporación de esta temática, presupone que se trata de una deuda de la artista con Acosta León, lo cierto es que no resulta difícil reconocer la autoría de Flora en estas piezas privilegiadas por la aceptación que las mismas han tenido dentro y fuera de Cuba. Impactaron en Portugal, los Estados Unidos, China y Japón. En una entrevista televisada en Japón, Flora explicó los valores conceptuales de sus "coladas de café", que son todo un reconocimiento a nuestra cubanita. Una de las últimas versiones, Colada cotidiana, fue subastada por la Chistries en el 2003 por un valor que oscilaba entre 10.000-15000 UDS.

Sin dudas, en los finales de los 80 Flora fue introduciendo motivos que se consolidan en los noventa: (...)el tratamiento de los peces; tema que actualmente se ha convertido en uno de los estudios más serios de Flora, donde imbrica el revoloteo de nuestro mar azul con la calma que trasladan los peces. ¿Habría salido tal mixtura de un temperamento netamente tropical o sólo de un híbrido y de un talento como el de Flora?.

Por supuesto que también en Redes al Mar Flora anunciaba su compromiso o su interés por salvar la "polémica" deuda de la plástica cubana con el mar. Según ella misma ha revelado, pintar el mar es un tema de especial placer para ella. Cuando inicia un cuadro con esa temática es imposible apartarse de él hasta verlo acabado y por otro lado le resulta agotador en tanto ella, así como los acrílicos o los óleos, se entrega e integra al movimiento de la obra.

También en los ochenta se exterioriza su voluntad de experimentación, va camino hacia otras técnicas, realiza dos serigrafías para el Fondo Cubano de Bienes Culturales con un buen aprovechamiento de las posibilidades de reproducción que le da el medio, hace decoración cerámica, participa en diseños textiles con los estampados para telarte, etc.

Pero el cambio más radical en la pintura de Flora se produce a partir de 1987 donde se combinan, con pleno dominio, los elementos de cubania con su herencia china, esta ultima, sustentada ahora desde su experiencia vivencial.

Ya había tenido la artista cierto acercamiento al estudio de la caligrafía China, cuando en 1987 realiza su primer viaje a la tierra que vio nacer a su padre. Tuvo la excepcional oportunidad de reencontrarse con sus parientes. Cumplimentando un programa de intercambio cultural entre la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba y la Federación de los Círculos Artísticos y Literarios de la República Popular China, junto a la actriz Susana Pérez, pudo la artista realizar el sueño de visitar la casa natal de su padre en Cantón. Una vez que conoció el medio natural en que vivió su progenitor, fijó y sintetizó cada detalle, para incorporarlo a su pintura, no desde la óptica de sus estudios en Cuba, sino desde una perspectiva vivencial.

La artista también visito museos, galerías, escuelas de arte y el Museo de la Caligrafía China. Allí se detuvo a estudiar, a ver la esencia del arte y la escritura china, horas pasó frente a aquellas pinturas y a aquellos trazos, medito y comprendió a su padre que como ella, era atrapado durante horas por el silencio, por la meditación.

Pero su mente es como un remolino de ideas. Para ella el tiempo es un reto que le impide llevar al lienzo todo lo que pasa por su cabeza. Entonces al regreso a la patria salió de sus manos La Puerta de Beijing, donde resumió su experiencia en China. Tanto amor puso en esa obra, que es aun una de sus favoritas e integra su colección particular.

No fue China un deslumbramiento, sino la confirmación de todo lo esperado durante su vida. Fue la definición de un cambio trascendental en su obra, donde los ideogramas chinos, que de alguna manera ya habían comenzado a ser incorporados en su creación definitivamente definen su poética hasta el presente.

En los noventa, la artista da pruebas de su madurez artística. Produce sin cesar, diciendo sin palabras la situación de quien encontró lo que buscaba: la síntesis de la pintura tradicional china y la dignificación de nuestra cubania en toda su plenitud. Los platanales de su patio, el gallinero de su vecina, los girasoles, las frutas tropicales llevadas al lienzo de la manera más impresionante; las hojas de tabaco una y otra vez recreadas, donde la textura manda y gobierna, es toda una variedad formal y temática la que hoy legitima sus obras, donde el mu, el da, el kou, son ya parte de la naturaleza de Flora.

Aún, cuando son estos tres caracteres chinos los más frecuentes en las pinturas de Flora, cuyos significantes se vinculan a los árboles, grandeza y boca o caballo, todavía queda la autora de estos apuntes en deuda con un análisis comparativo más profundo del uso de los ideogramas chinos en la obra de Flora Fong, que bien vale la pena.

Terminan los noventa con exposiciones en distintas galerías y museos de América Latina, Europa y Asia. Expone con éxito en Japón y de nuevo en China en 1997.

Uno de los salones de la Ciudad Prohibida de Beijing se honra al presentar sus obras. Medios oficiales, artísticos y de prensa china consideran como un acontecimiento el regreso de Flora a su segunda patria. Críticos de arte asumen la indudable presencia china en toda su producción. Los chinos, amantes de las Bellas Artes, a quienes el respeto hacia la pintura y el artista verdadero les viene por tradición desde los tiempos imperiales, de amplia cultura museal, se ven reconocidos en sus óleos. No cesan los elogios para quien combinó con sabiduría la palma real y los ideogramas.

En medio de aquel jubileo por la hija que regresa, no se conforman con ofrecerle la mejor galería, aquella que un día fuera uno de los lugares privativos del Emperador o del “Dios del Cielo”, van mas allá: como si se tratara de una diosa sacada del budismo o del confusionismo, el Sr. Meng Wei Zae, Presidente de la Federación de los Círculos Artísticos y Literarios de China, toda una personalidad en la vida intelectual y política del país, más que todo gran escritor y artista Chino, la invita a experimentar en un proyecto conjunto en la fabrica de porcelanas de Tang Zhang. Hicieron cerámicas juntos. Flora coció sus figuras en los hornos chinos, con la arcilla sacada de la tierra de su padre... De esa inquietud, han salido en los últimos años lozas testigos de una zona aún no concluida y que mucho la inquieta.

El 29 de Mayo de 1997 se realizó la cancelación de un sello con la obra El Bosque, donde se plasma la marca ancestral y la cubania. Como se informa en el periódico Granma, año 33, No. 75 del 15 de abril del 97, “... será la primera emisión postal cubana del Ministerio de Comunicaciones, con la obra de un pintor vivo” y continua refiriendo las declaraciones de Flora cuando dijo que “...lo chino en lo cubano, parece que despierta cierto interés, un fuerte contraste, pero se combinan, porque el color y los rasgos lo pueden todo”.

En el año 2000, cuando algunos temían que Flora pudiera entrar en una etapa de estancamientos o roces con el facilísimo, en momentos de plenitud, cuando su inserción en el mercado artístico marchaba a tono con la valoración de su obra en todas las instituciones del arte y la cultura, Flora nos sorprendió con nuevas temáticas y experimentaciones formales. Continua ensayando en su serie Peces, retomo la presencia de la iconografía martiana. Quería regalar a Fidel uno de sus cuadros con motivo de su 78 cumpleaños. Nació Ofrenda para el Apóstol que sería la imagen de nuestro Martí, por todas las razones: por el Moncada, por La Historia Me Absolverá, por lo que es Martí en Fidel y por Fidel. Pero..¿Cómo hacerlo? Un año maduró la idea y nació un Martí que posteriormente reprodujo a solicitud de Abel Prieto, para que fuese el ícono, la imágen que se pusiera en todas nuestras escuelas de arte.

Comprometida con incontables proyectos en Cuba, con galeristas norteamericanos, de Europa y Asia, en el 2004 Flora participa, junto a otros prestigiosos artistas cubanos, en la elaboración de un mural para inaugurar la Universidad de Ciencias Informáticas. Hizo allí una pintura - escultura monumental... una palma diseñada a partir del carácter chino de árbol-familia, donde la parte negra que delinea las formas están logradas a partir de láminas de acero.

Su natal Camagüey la invita y en febrero del presente año participó con una exposición en las actividades con motivo del 490 aniversario de la fundación de la villa de Santa María del Puerto Príncipe....

Dueña de una sólida obra, Flora acaricia la idea de incursionar en la escultura monumental, continuar su expriementación en la cerámica y continuar pintando, pues dice que aunque cree, valora y asume elementos de los movimientos post modernistas y las tendencias de moda; siempre habrá pintura, siempre habrán personas que sientan la necesidad de tener un cuadro en las paredes de su casa y ella los seguirá haciendo, sin excluir, reitero, la incorporación de los elementos de la contemporaneidad en su arte, pues no s de las que abraza la quietud..

Miguel Barnet, quien también ha estudiado la cultura china, al resumir su visión sobre Flora escribió en Nube de Otoño: “...La sangre que corre por las venas de Flora Fong marcó su pintura antes de que ella hiciera el viaje que la llevo a la tierra de sus abuelos, la China taoísta de la raíz del loto y el jade imperial.

Como a Wifredo Lam, el trazo fino y seguro le dio carácter a su obra y la sitúo desde el comienzo entre los más notables artistas de su promoción. Su estilo venia sedimentado por una tradición, no surgió como un milagro o un hallazgo divino. Su estilo estaba en sus raíces y en la manera en que ella, quizás sin proponérselo demasiado, maceró sus jugos. Siempre he relacionado su obra con su persona, lo cual es completamente inevitable, al tratarse de una artista de tal autenticidad. Sin embargo, encuentro en esa comparación una contradicción que siempre me deja perplejo. La delicadeza de su persona, su trato dulce, de una ternura profunda y lacónica, contrasta con el trazo fuerte, como un fogonazo de su pincel. La tela parece ser el único blanco en el mundo que reciba la violencia femenina, transgresora de prejuicios y aguda como un alarido”.

El próximo año Flora Fong cumplirá sus 55 años con el orgullo de ser una de las artistas que con mayor solidez y coherencia ha logrado la consolidación de un lenguaje, donde predominan el sabio juego de la luz, el color y los elementos de cubania que define su hacer. Según ella misma me expreso el pasado 19 de mayo: " algunos que la conocen dicen que su obra no se parece a ella por su fuerza, su perseverancia, por la forma de sentir el color. Es el entorno del Caribe, la posibilidad de ver la luz en Cuba, que no la tienes en otras partes. Es una pintura muy nacional, porque tiene un vuelo, un estado creativo, que dondequiera que esté se nota que es mía”

En los momentos en que se habla de una crisis o estancamiento en la plástica cubana, tras al impacto de los ochenta, cuando muchos artistas exploran caminos no encontrados en busca de un lenguaje propio, Flora Fong, se empeña en su autocompromiso de pagar las deudas de la plástica cubana post revolucionaria con el paisaje cubano, con el mar y con nuestra cubania.

Lic. Teresa Toranzo Castillo
Curadora de arte asiático, Museo Nacional de Bellas Artes


BIBLIOGRAFIA:

Alonso, Alejandro G: “Mi obra en el Museo". Juventud Rebelde. Ciudad de la Habana,
domingo 18 de abril de 1986.

Almaguer, Alexis: Nube de Otoño. Pinturas, dibujos e instalaciones. 1999.

Catalogo de la Exposición Flora Fong, revitalizando ideogramas. Cartelera, Ciudad de la
Habana, del 4 al 10 de abril de 1996. p.3

Catalogo de la Exposición con motivo del 490 Aniversario de la Fundación de la Villa Santa
Maria del Principe. Febrero, 2004.

Cernuda Arte: Flora Fong. The Motifs of the Mother Country. April-May, 2001.

Duke, Betty: Compañeras. Women, Art & Social Change in Latin America. San Francisco. City
Lights Books. 1985, p.70-71.

Juan, Adelaida de: Los jardines, las palmas y Flora. Revolución y Cultura. Ciudad de la
Habana. No 4, Agosto 86 pagina 41 a 48.

Fuente, Jorge de la: "Flora: paisajes y raíces". Bohemia. Ciudad de La Habana, año 81,
No.26, 30 de Julio de 1989, P.12-14.

Flora en los 90. Multimedia Interactiva. CD-Rom. Español-Inglés.

González Waldo: Flora Fong. Revitalizando ideogramas. Cartelera. Ciudad de La Habana,
del 4 al 10 de abril de 1996. p3.

--------------------:Flora Fong. Entre realidad y la furia. Bohemia, 2 de agosto de 1996, año 88,
año 88, No. 16, P B4-B8.

Hernández, Erena: Oriente y Occidente en Síntesis de Flora. Cartelera. Ciudad de La
Habana, jueves 7 al miércoles 13 de noviembre de 1985, p.3.

-----------------------:Flora: equilibrio en el paisaje, Granma, año 2, No 264, 8 nov. 1985, p.4
Periódico Granma, año 33, No. 75 del 15 de abril del 97,

Rojas, Marta: Flora Fong y el homenaje a sus ancestros chinos. Granma. Ciudad de la
Habana. Año 75, 15 de abril del 97, p. 6.

-----------------:Flora Fong en la hora de los girasoles. Arte Cubano. Ciudad de La Habana
No.2. P.46-47

Piñera, Tony: Visiones del paisaje. Granma. Ciudad de La Habana, año 33, No 110, 3 de
junio de 1997.

---------------: Flora Fong y su paisaje casi gestual. Granma, 25 de marzo de 1986

San Francisco City lights Books. Flora Fong: La duke, Betty. Women, art and Social change in Latin America. 1985. P. 70-71

Saruski, Jaime: Flora. Revolución y Cultura.. Ciudad de La Habana, año 36, No. 3/97 P.34/40

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Duetto: Obras recientes

Por primera vez en el espacio expositivo Flora y Li, madre e hijo. Un duetto de artistas y lenguajes en una colectiva de dos, llena de revelaciones para el espectador. Entroncados en la consanguinidad, ambos transitan por senderos personalísimos y juntos dan muestra de un quehacer que los distingue en el arte y en la vida. Sus creaciones revelan el espíritu propio y universal de los modos -diversos y originales- del ser cubano en las artes plásticas de nuestros días.

Flora
En grandes y pequeños formatos, con técnicas pictóricas y escultóricas, Flora anima su realidad, la que crea y construye desde un imaginario artístico en el que coexisten - en simultaneidad - la permanencia y la novedad de sus obras. En ellas todo está sujeto a la fuerza de su observación y madurez artística, las que garantizan la sólida plasticidad de sus creaciones, siempre cargadas de una energía tropical que se hace luz y color, elementos esenciales en sus composiciones limpias y seguras. Fiel a la insularidad y a la campiña cubana, la obra de Flora, no se define por tendencia ni género alguno; no son paisajes ni escenas, no enlazan –simplemente- con otras referencias en la historia del arte nacional. Al exaltar el motivo, Flora renueva el sentido de todas esas denominaciones al cualificar en él los valores expresivos y significantes de su lenguaje. La parte hace el todo y desde el fragmento se evoca la totalidad sígnica – más que representacional- de una personalidad cultura cubana asentada y sentida en la “silla trono” que la cobije.
La artista no pertenece al universo urbano. Algo siempre de sus recuerdos camagüeyanos la habita y reaparece en la profunda sencillez de sus elementos y en sus títulos sugerentes. Una memoria de verdor de rocío habita su mundo natural. Quizás por eso su patio y su jardín son mucho más que el espacio entre la casa y el taller. Ese es el mágico itinerario de la espiritualidad de Flora. Se trata en verdad de un trayecto simbólico por el que la artista conduce su imaginación hacia sus preferencias criollas. Allí conviven con sus plantas, el agua del estanque donde nadan los peces, el colorido intenso de las plumas de su cotorra y la luz penetrante que todo lo inunda e irrumpe con fuerza al interior de su taller, con sus puertas y ventanas abiertas, para iluminar las telas y sacar de las pinceladas y empastes todas la fuerza expresiva de sus vibraciones.
Flora posee una iconografía personal que la distingue por esa manera tan auténtica de asumir los signos trascendentes, los que han hecho suyos el tiempo y la gente; y otros, procedentes de la lejana tierra asiática de sus ancestros que se han entrecruzado –orgánicamente- con los que nacieron en tierra antillana. Sus temas vienen de la fuente inagotable de lo popular, de su entorno, de sí misma; y viven siempre en ella, en su sencillo modo de ser y en la sensibilidad humana que deposita en todo lo que hace. Se despliegan entonces los coladores guajiros, las hojas de plátano o de tabaco, los gallos, las palmas y los girasoles. Ese universo le atañe y le concierne.
En sus obras el viento es un ritmo interno, expresión subjetiva de su permanente espíritu inquieto y revelación de un acontecer isleño que llega a ser torbellino donde giran - en circular frenesí - fantasías, augurios y vaticinios. Cuando de las aguas se trata, las dulces o las saladas, entonces la paleta de Flora se entusiasma con los impactos del sol sobre la superficie ondulante y el Mar de Las Antillas fluye en su lienzo humedeciendo islas, con unos toques radiantes de luz, hecha colores, entre la tierra y el cielo.



Li

Las formas enigmáticas que se encubren y descubren en las obras de Li y el uso del blanco como cómplice de una luz interior llena de confidencias, lo hacen un artífice de la fabulación plástica. El artista exigirá de sus espectadores hacer un alto y mirar para ver y penetrar a los múltiples entramados que estructuran su discurso visual en el que la composición es todo un ejercicio de creación lleno de libertades imaginativas. Puentes, escaleras y caminos, en ocasiones interrumpidos o ciegos, refieren un universo en el que se construyen trayectos de un ir y venir que no parecen confluir ni en el tiempo ni en lugar alguno, o interconectar utopías siempre inconclusas. Esa dinámica, en tono apacible, es generadora de una inquietante expectativa y de un espacio alucinante, atrapado en la terrenalidad de las intenciones creativas.
Realizadas en técnica mixta, las obras de Li declaran las muchas veces que el artista ha vuelto sobre ellas por las múltiples capas que se superponen, los collages y las calidades matéricas de las superficies en las que fuertes contrastes contribuyen a los efectos de luminosidad que tanto interesan al artista. Li trabaja intensamente y sin boceto previo. Siente la mancha inicial como irradiación de formas y fuente de sugerencias. Su proceder es abstracto y figurativo, pictórico y gráfico, gestual y contenido, y justamente esas ambigüedades son las que mayormente enriquecen los efectos plásticos de sus piezas en grandes formatos cuyas dimensiones aumentan sus capacidades expresivas. Li construye una visualidad profundamente marcada por las atmósferas de realidad e irrealidad confundidas, en las que las imágenes se interpenetran y en esas combinaciones de línea y color, las obras alcanzan valores líricos que los títulos atrapan para insuflarles la fuerza simbólica que las humaniza.
Una noción de pasaje se vislumbra en sus “escenarios” que advierto muy cercanos, en su silencio interior, a las estampas asiáticas - lo que parecería reafirmar un dato de ascendencia familiar matrilineal-, y también herederos de la tradición artística occidental en los espacios metafóricos de fuerte teatralidad tal como los creara el italiano Giovanni Battista Piranesi.
Una figuración desdibujada y anónima hace gala en sus creaciones. Las identidades no se enuncian simplemente y en ocasiones los individuos se muestran de espaldas al espectador, inmersos en sus faenas silenciosas. Botes y sombreros de ala pronunciada identifican personajes de mar y de tierra, pescadores y guajiros, figuras involucradas en un quehacer cotidiano y trascendente por la magia sensible que les aporta el arte. Una obra de sólida hechura en un joven artista de consistentes inquietudes para quien el ejercicio crítico vive en la obra misma desde la que emana la fuerza del diálogo de él con sus piezas y de ellas con los demás. Con cada obra un ciclo de experimentación se cierra y el nuevo ya se inaugura. El artista está en camino.

Una exposición, dos artistas y dos caminos. Formas y colores diversísimos en sensibilidades de una misma pertenencia familiar. Un duetto artístico ocasional de madre e hijo en el que Flora y Li despliegan sus universos creativos. En ambos, una misma pasión: el arte


Yolanda Wood
Cojímar, mayo de 2010


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Flora Fong: Escrituras del viento

Yolanda Wood

El arte de Flora hace honor a su nombre. Una inspiración ecológica ha dado a la naturaleza un gran protagonismo en su pintura, donde el dibujo de un trazo negro como de tinta china, no encierra los motivos sino los libera. Se trata de la escritura del viento, esa potencia interior del espectáculo natural y artístico que lo mueve todo a su antojo. El viento es la personalidad del paisaje. El despeina las palmas y ondula el mar. En esa flora pictórica, los trazos negros de la escritura ancestral de Flora Fong, definen las formas visuales que adquieren toda su energía y vitalidad a consecuencia de ese soplo de realidad en el que vive la magia de su pintura.
Lo caligráfico, negro y lineal, sostiene una estructura compositiva autónoma por sus propias insinuaciones, exaltada por el color intenso y sus vibraciones. En esa armonía de relaciones las cosas no son, sino parecen ser, en la pintura de Flora. Más allá de toda representación natural, está la naturaleza expresiva, llena de contrastes y de sugerencias, y la poesía evocadora de los títulos.
Epifanía del trópico (1991), es una fantasía de aparición y festividad. La artista no ignora ser de un lugar con precisas coordenadas cartográficas. En esa parte del mundo se balancean en equilibrio las tierras y las aguas. Se trata de una dinámica compleja que hace a unas y otras susceptibles de relaciones variables. La causa es el viento, de día y de noche, hoy y mañana. A las islas, el viento las penetra por todas partes. Por los ocho puntos de cardinalidad tan propios de estas latitudes donde bien se combinan los cuatro bien conocidos (norte, sur, este y oeste) con todas sus inclinaciones transversales (sudeste, sudoeste, noreste y noroeste). Como es habitual, somos región de mezclas propicias a las mutaciones. Flora lo sabe, ella es una artista insular, antillana y caribeña.
Cuando la naturaleza entra en ese juego de relaciones y se aprecian sus intensidades desde las escrituras del viento, nunca lo observado es igual: cambia y se repite, vuelve a ser y cambia. Convertir esa fuerza interior del paisaje en dibujo y pintura, es una excelencia en la obra de Flora Fong, quien ha hecho suya toda la atávica quietud de las líneas caligráficas milenarias para insertarlas en un contexto tropical de alisios diurnos y terrales nocturnos que deshacen todas las convencionalidades. Siempre está el viento en las pinturas de Flora, un viento que mueve todo, hasta las montañas.
Sus cuadros-islas, se dirían rodeados de realidad por todas partes, contienen la energía eólica en su discontinuidad que se detiene o se intensifica por el lenguaje codificado del arte. En sus cuadros-islas, los territorios salen del marco y proyectan su insularidad más allá de la superficie pictórica para encontrar la cercanía de otras islas. Son en verdad Archipiélagos , tierras y mares en alternancia; y el viento, que provoca oleajes amenazantes o zonas luminosas de espumas blancas en el litoral. Se diría las islas antillanas interrumpidas todas por estrechos de agua que son también corredores de aire, pasos, como el de los vientos entre Cuba y Haití, o el de La Dominica, con sus aguas arremolinadas que desde el Atlántico vertiginoso penetran a las tranquilas del Mar Caribe.
Toda una geografía insular en las obras de Flora. Una geografía metafórica y poética, sugerida por el valor artístico del punto de vista sin sujeción alguna para sus motivos pintados. Es la habilidad de quien vive entre brisas y temporales y desarrolla esa sensibilidad a los movimientos del aire, algo tan propio de islas “a los cuatro vientos”, donde se vive cerrando y abriendo puertas y ventanas, cambiando el sillón de lugar. Hay algo doméstico en esta cotidianidad, algo de rol de género, una cierta intuición que aún sin prestar especial atención a los partes meteorológicos, nos indica cuando usar una sombrilla o cuando no usar una saya de vuelos que el aire pudiera inflar. Hay una cierta feminidad asociada al viento, que se revela en frases populares como “pelo suelto y carretera”, indicativo de una pilla sensualidad o “tener las velas al viento”, cuando la vecina avisa que la ropa de las tendederas podría volar. Son muy imaginativas las escrituras del viento.
La iconografía de Flora se interconecta simbólicamente a la naturaleza a través de un lenguaje sencillo en sus motivos, pero codificado, donde sólo rige la aventura del tropo. Ha hecho suyo ciertos iconos de la historia del arte universal y del arte cubano: el girasol, los gallos y las cafeteras. Revisitar de modo original a Van Gogh, a Mariano y Acosta León es otra faceta peculiar de la obra de Flora, quien no lo hace desde la apropiación ni la cita, sino desde el diálogo creativo y con su propio modo de decir. Colores, sabores y olores dan una sensibilidad-otra a sus enunciados visuales. El efecto móvil de sus girasoles a la manera de aspas en torno a un centro, los revolicos de plumas en el gallinero y el humo del café caliente trazando su trayectoria, son provocaciones sensoriales al espectador. No hay naturaleza muerta en Flora Fong, quien anima las representaciones haciéndose dueña de “los aires” que se mueven en su interior. En Colada entre palmas (1996), el aroma se expande por la campiña y el café caliente produce torbellinos de sueños en el colador.
Ciertos signos se saben cargados con la fuerza de la tradición y ahora en el contexto visual de Flora adquieren otro sentido compositivo - y expresivo - por su modo de ver y hacer. De entre ellos, retengo la palma y el plátano. Cuántos peligros plantean al arte contemporáneo por ser dos atributos identitarios de tanto ir y venir en las artes de Cuba y el Caribe. Erguidos en su masculinidad, son dos árboles que alimentan el espíritu y la vida diaria de toda la antillanidad. La palma en Flora es trazo seguro y firme. La palma es soporte, es referencia, límite y extensión vertical. El plátano es hoja, flor y fruto, todo un ciclo vital. Los plátanos de Flora no crecen como es normal. Claro, es que no son frutos, son invenciones de la realidad. ¡Y tantos postes eléctricos compitiendo en altura con la palma real ¡ ¡Tantas redes de iluminación en litorales, valles y montañas¡ Visiones contradictorias de los opuestos entre lo diurno y nocturno, lo natural y lo artificial. Cuántos contrastes, se diría desde el Yin y el Yan: el blanco y el negro, la luz y la oscuridad. El arte de Flora no es de entredichos, ella dice, y no más.
La luna es un dato a no olvidar, por indicar esa otra cara de un recorrido incesante, de una infinita movilidad. La luna imprescindible para moderar las fuerzas del sol ardiente que podría hacer estallar todo lo que existe y vive, todo lo que es y está. La medialuna en Flora, es la proporción equilibrada de la otra mitad y como toda su iconografía, sólo un signo de lo real. Con frecuencia, en obras de los 90, Flora acude a las dos partes que sintetizan el universo como se aprecia en Noche y Día (1997) o Dos visiones (1996).La armonía compositiva, la ponderación formal y la mesurada selección de los motivo identifican su maestría y la certera expresividad, lineal y gestual a la vez, que emplea en la construcción de sus textos visuales.
El viento es una fuerza artística en la obra de Flora y en ello radica lo más genuinamente caribeño de su poética, por la comprensión de esa fuerza que todo lo mueve y desplaza: hombres, naturaleza y sociedad. El Caribe es así, vértigo de sus fuerzas telúricas. Fue el viento el que movió las canoas y las carabelas con las que todos llegaron desde algún lugar. Fueron los huracanes los que hicieron temibles estas tierras para los conquistadores cuando creyeron que ya no había nada más que respetar. Fue esa naturaleza caprichosa la que hizo a los primeros habitantes construir con palmas y yaguas que después que pasaba el huracán se volvían a levantar. Los ciclones son los tifones de la tropicalidad. En Flora todo se une armónicamente, lo de aquí y lo de allá. Nadie como ella en el Caribe ha comprendido esa intensa fuerza de ser islas de sota y barlo vento. En definitiva siempre a merced de ráfagas y ventoleras que no cesan, ni cesarán.
Son esas escrituras del viento las que hacen única y peculiar las obras de Flora Fong. Sólo si hay buen aire los papalotes pueden volar. Los cometas están volando en las pinturas de Flora Fong como signo vital de la fuerza del viento y como expresión simbólica de su origen también oriental. Pero su universo es de una cubanidad raigal: memoria, recuerdo, reencuentro. Camagüey, el campo, las islas, el día y la noche. Flora vive en la ciudad y nada en su arte es urbano, ni tampoco rural. Su visión artística identifica ciertos lugares comunes donde se instala una criollidad auténtica que comprende su propia diversidad.
Cuando los papalotes se asoman flotando entre palmeras y platanales se dibujan puentes culturales. Cuando la luna parece un mamey pica´o, la imaginación artística es dueña de la pintura. Cuando en el paisaje, lo humano sólo es sugerido por postes eléctricos y antenas de televisión, entonces la naturaleza no es ni bucólica ni pastoral, está modernamente humanizada. Si el astro rey es un girasol, entonces todo puede suceder en el terreno fecundo de la ilusión. Pero cuando además no hay sitio fijo ni preciso en la pintura, nos encontramos en el espacio de muchas posibles fantasías.
La vertical inclinada y la intensa fuerza de un movimiento interior transitan por la obra pictórica de Flora Fong. La palma es allí el penacho de un árbol con raíces que se extienden para soportar la tenacidad del aire que las mueve pero no las logra tumbar. Es frecuente encontrar en sus pinturas de los 90, ciertas denominaciones evocadoras de una geografía sugerente y peculiar: Viento fuerte (1997), Temporal (1991), Tornado (1992) y Tormenta (1991).
¿Será el Caribe el sitio de tantas tempestades y soplos huracanados que no cesan de renovar las escrituras del viento que despeina las palmas y ondula el mar?
Increíblemente, las pinturas de Flora, ahora desplazadas sobre acero firme y resistente, en piezas de gran escala, logran modelar a su antojo las fortalezas del material para crear en él ribetes encrespados, oleajes caprichosos, peces voladores…en fin, todo lo que ha querido la complicidad artística entre Flora y el viento.

La Habana, enero 2008.