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Nelson Domínguez. Premio Nacional de Artes Plásticas 2009
La búsqueda de texturas se enriquece con el juego de sombras y sepias realzadas en dorado, y tres pasteles, de los cuales el más notable es quizás esa fabulosa mariposa nocturna con cabeza de dama blanca, con colores de fuego. La escritura, en pastel negro, da a los camafeos ocres, rojos, carmelitas, beiges dorados y verdes, un poder encantador y una fuerza dramática inaudita bajo la aparente explosión de lo bello de la creación. Enamorado del dibujo y la pintura, como Hokusai, quien firmaba así sus obras, se le recuerda sensible e inquieto, cuestionándose siempre y cuya preocupación fundamental es la representación de la relación que existe entre los elementos básicos de la naturaleza -la tierra, el aire, el agua, el fuego, el animal y el hombre- es quizás ante todo un pintor metafísico.

Jöelle Guyot

París, 1983

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LAS CONVERSACIONES DE NELSON DOMINGUEZ
En el insomnio, en medio de la madrugada, me siento ante un cuadro de Nelson Domínguez. … Pertenece a la serie "conversaciones", y el primer vistazo nos devuelve dos figuras sentadas, una frente a la otra, ella y él, empeñados en un diálogo que sabemos imposible. Tienen un brazo común, el brazo derecho del hombre que se prolonga y es también, para siempre, el brazo derecho de ella: esto los comunica, los compromete, los ata, los convierte en hermanos siameses. Ese brazo largo, pálido, fluye desde el extremo donde está él hasta el extremo opuesto donde está ella, y viceversa, y sabemos que por ese conducto se mezclan las sustancias, la sangre, los fluidos secretos. Pero la paradoja terrible de esta doble imagen se nos hace evidente en la fisura implacable que los separa. No hay diálogo, y si lo hay, es falso, hueco, no tiene sentido. El artista nos regala un dato: las máscaras. El hombre, en realidad, ni siquiera mira a su pareja: busca, detrás de la máscara, otro interlocutor. Y el que ve el cuadro siente esa mirada sobre sí, como si la figura, hastiada, intentara encontrar en el exterior alguna palabra que valiera la pena. Hay algo atroz en la máscara del hombre, y no es su fisonomía bestial; sino la atención falsa que pone en la mujer.
En la máscara del hombre hay una especie de nobleza zoológica que nos hace daño por su profunda doblez. En su mirada verdadera, en ese ojo que se dirige hacia afuera, hay un mentís radical a la máscara; hay un cansancio que parece venir de los orígenes.
De la mujer sabemos menos. Su máscara es siniestra: alude a la muerte, que es el fin del diálogo inauténtico y el fin de todo. También el fin de la atadura, del brazo compartido, del flujo y reflujo de las sustancias. Su rostro no se nos ofrece, y es por ello que podemos pensar en una versión diferente: quizás tiene su mirada real puesta en el hombre; quizás odia las máscaras y quisiera aproximarse al otro, al que no la atiende, al que la rehuye; quizás está enamorada y usa la máscara por pura convención, o por venganza, o por miedo.
Pero hay un tercer personaje en la sombra. Está apenas sugerido, a espaldas de la mujer, y es una entidad triste, apagada, que sólo puede escuchar las palabras sin sentido que intercambian los protagonistas. No habla, no tiene derecho a la luz. Probablemente murió hace muchos años, y no ha encontrado paz, y se acerca a los vivos de este modo humillante. ¿Ama en secreto a la mujer? No tendría sentido. Sería absurdo pretender un triángulo amoroso a estas alturas, en esta cristalización de un no-diálogo y de una atadura irreversible. Sería de mal gusto, y es por eso que el espíritu se mantiene humildemente en la tiniebla, sin rostro, sin voz ni voto. Su papel radica en estar ahí, a esa escala: sugerir que hay otra instancia al margen del drama de la pareja, y nada más.

Parece poca cosa, pero es también una forma oscura de la esperanza.

3 de septiembre de 1993, 3:00 a.m.

Abel Prieto

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Me parece que fue ayer cuando conocí a Nelson Domínguez en el Taller Experimental de Gráfica de la Plaza de la Catedral; en el claustro del Palacio del Marqués de Arcos. A la sombra de sus corredores los artistas de varias generaciones iban de un lado a otro; el uno con la pesada piedra volcánica, el otro elevando en vilo la cartulina donde, aún palpitantes las tintas frescas, podía apreciarse la obra impresa. Muchos de ellos se inclinaban ante algún de nombre y fama que, al sellar y numerar la pieza, ponía el grafito en manos de algún principiante para firmar la opera prima.
En esta atmósfera, en que visión y creación hallaban espacio y aliento, eran habituales además poetas y escritores que invariablemente concluían sus tertulias en el Patio o en la Bodeguita del Medio, o quizá bajo algún techo hospitalario del Callejón del Chorro; o en la calle de San Ignacio, o en el laberinto de habitaciones de la propia casa sede del Taller y entre ellas una, la de Eutimia.
Los años han decursado y entre los nombres que vienen a mi memoria está el de Nelson, sobre todo a partir de haber visitado su taller en la calle de la Infanta, donde me ha sido dado el ver de cerca el caballete y los pinceles y prácticamente la totalidad de sus obras expuestas recientemente en un prestigioso Salón de La Habana.
Lienzos de gran formato virtualmente las paredes. De su pintura acabada y casi perfecta en la técnica, emergen al golpe de vista: el dominio del oficio del pintor, la percepción de una particular y exclusiva apreciación del mundo circundante. De ahí esos extraños oficiantes; el mito y la fantasía de los cultos a las divinidades y espíritus, casi palpables en cuanto hay de sensual y alucinante en los ritos religiosos sincréticos, cristianos y africanos, sobre la huella casi impalpable del indígena.
Por un momento pensé en la Quinta del Sordo. Viéndome incapaz de elegir ante tanta hermosura, me conforta algo superior a la posesión de una de estas obras, el haber visto brillar en los ojos del joven maestro el destello de luz que signa a los genios verdaderos.
Siento que son para este artista también, las nobles palabras de elogio que escribió en su día José Martí, luego de visitar la exposición de pintores impresionistas en la ciudad de New York en 1886. (... ) Esos son los pintores fuertes, los pintores varones, los que cansados del ideal de la Academia, frío como una copia, quieren clavar sobre el lienzo, palpitante como una esclava desnuda, a la naturaleza. Sólo los que han bregado cuerpo a cuerpo con la verdad, para reducirla a la frase o al verso, saben cuánto honor hay en ser vencido por ella! ( ... )
Queden estas letras como el homenaje que no pude rendir en un libro abierto.
Ahora no me sorprende que en América o en Europa estén ya en Museo y colecciones obras de este amigo. El, ama la ciudad mirándola desde su privilegiado otero de Cojímar, donde el mar es más azul y donde las gentes se saludan y conocen, privilegio que ya pierde la ciudad cosmopolita. Por ello ha escogido, en la calle de los Oficios, las ruinas que ayudará a restaurar para luego habitar, en este sitio tocado por la magia de la historia.

Para Nelson Domínguez de:

Eusebio Leal Spengler

Ciudad de La Habana, 27 de septiembre de 1993
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"La obra del grabador y del pintor integran un todo orgánico, sin fisuras. Nelson Domínguez pasa de un procedimiento a otro con igual soltura; con esa aparente facilidad que es ganancia de un trabajo encarnizado. En él la experimentación continuada no es jamás un fin, sino un medio. Sin olvidar que una pintura o un grabado son, antes de todo y después de todo, un hecho plástico, nada en él es gratuito u ocioso. Todo está subordinado a una finalidad expresiva. Para ello deforma, enfatiza, acentúa, en aras de una mayor expresividad..."


Jorge Rigol

Octubre, 1976

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NELSON DOMÍNGUEZ: OTRO Y ÉL MISMO
Miguel Barnet

Cómo calificar esta inauguración sino como un acontecimiento cultural. A estas sorpresas nos tiene acostumbrados Nelson Domínguez porque su obra es constante hallazgo, permanente renovación, quebramiento de clisés, experimentación en zonas ya descubiertas por el artista pero no agotadas, no saturadas. Y es que un creador como él siempre halla en las formas y los temas abordados nuevas y más enriquecedoras posibilidades. Si un pintor cubano ha revolucionado la plástica contemporánea con sus figuraciones y su discurso textual es Nelson Domínguez. Y si alguno ha llevado el rigor estético hasta su máxima expresión es también él. Con un manejo diestro y eficaz del dibujo y un mundo metafórico rico en imaginación y significados, Nelson Domínguez, sin concesiones temporales, ni descensos, ha realizado una carrera que lo sitúa en lo más alto de la cima de la contemporaneidad. Ajeno a los gustos de moda o las corrientes conceptuales en boga en los mercados, su obra tiene la garantía de una personalidad que ahonda en la esencia de su ser, en diálogo íntimo con sus demonios y en plena y absoluta independencia creadora. Siempre me imagino a Nelson montado como Obatalá Allaguna en un caballo blanco desbrozando tupidas malezas y abriendo caminos que conducen al claroscuro, a una luz nocturna que inaugura el misterio. Toda su obra está impregnada de una magia propia, visible para los iniciados, una magia que como un elegguá de monte abre todos los caminos y encrucijadas. Como una vez expresé: “Nelson en todo momento seduce y sorprende por su capacidad de organizar el caos interior. La fabulación que logra, por ejemplo, de la materia inmediata, o lo que Alejo Carpentier llamara lo real maravilloso es tan personal que aunque podamos asociarlo a las búsquedas de Lam, los motivos de Abela o las preocupaciones formales de Servando Cabrera Moreno, ella se distingue en la fuerza de sus movimientos, en la intensidad de la luz y en la riqueza y cromatismo de sus telas. La carnosidad de sus cuadros, su suculenta pastosidad, revelan el mundo sensual del artista, su hedonismo, a pesar de la contradicción entre ese arranque vital y la incomunicación que muchas veces denuncian”
. Pero hoy asistimos al bautizo de otro Nelson Domínguez, otro y él mismo, único en su proteica diversidad, un Nelson más audaz aún, más atrevido, más lúdico. ¿Qué es sino el juego lo que le da sentido a nuestras vidas, parece preguntarse el artista con esta perturbadora propuesta?
He ahí la clave de esta exposición que hoy inauguramos. Arriesgada, vehemente, atravesada por múltiples interrogantes, la de hoy es sin dudas como ya dije antes, un acontecimiento cultural. ¿Por qué?, en primer lugar porque Nelson no se ha dormido en los laureles, por el contrario, como a todo auténtico artista a veces ellos les han sido incómodos. Y en segundo lugar porque sus preocupaciones ya sean racionales o intuitivas van más allá de los cantos de sirena o del éxito fugaz. El resultado de esa conducta es esta muestra tan original y atrevida; un inventario de madera y papel sin precedentes en la historia de la plástica cubana, combinación de soportes que ya él había utilizado anteriormente, añadiéndole el mármol y el metal. Su experiencia creativa le ha permitido apropiarse, a lo largo de su carrera de una variedad de elementos, entre ellos el barro en la creación de piezas de cerámica que lo convierten en un avisado explorador de la naturaleza.

Pero la sorpresa está aquí hoy cuando esas increíbles instalaciones nos sobrecojan con sus alegorías y metáforas. Una tendedera con palos pintados, calados, ricos en texturas, descarnados, donde cuelgan las obras en telas de una galería de pintores del patio que él ha querido homenajear. Una marcha del pueblo, que deviene “expresión de resonancia colectiva y testimonio irrecusable para, desde la aprehensión de la metáfora, crear con acento estético y originalidad, una asociación visual integrada a la realidad nacional mediante yuxtaposiciones metafóricas”, como expresó Hortensia Montero, curadora de la muestra.
Yo me imagino que para los críticos de arte ortodoxos esta exposición resultará un dolor de cabeza. La versatilidad de sus propuestas, la diversidad de las técnicas empleadas por Nelson, el uso de tan diversos materiales, la apropiación de deshechos y residuales, las alusiones directas a la cotidianidad, las proyecciones lúdicas y las peripecias conceptuales, así como la base expresionista de su arte convierten esta propuesta en una de las de más difícil discernimiento de la actualidad. Me llaman profundamente la atención las sábanas pintadas, ilusión de dormir sobre paisajes, renuncia al blanco por horror vacui quizás, las familias enlazadas con fijadores externos, unidas en el amor y en el dolor físico y espiritual, la colección de Cristos crucificados, Cristo mismo como testigo del horror de la guerra, inclinado desde su cruz y viendo cómo de la boca del hombre salen soldados heridos y aviones de bombardeo.
Sobrecoge el carácter tridimensional de las figuras, que revelan el dictado interno del artista, su visión entre onírica y hedonista; figuras erosionadas por la vida y la muerte.
O los cinco héroes con colores estallantes como un grito de libertad, atados por una varilla de hierro, unidos en el destino mayor de la Patria. Al menos así los vi en esta instalación tan sugerente.
Es obvio que el artista ha dado rienda suelta a su dispositivo emocional en esta muestra. Y que con estrategia intuitiva ha logrado entrar en lo hondo del ser humano que vive en estas latitudes. Y lo ha hecho con la sencillez de un espíritu que ha sabido integrar elementos también sencillos, reveladores de nuestra idiosincrasia, carentes de sofisticación, y manierismos. He aquí un alegato poético, un llamado a la confabulación, al juego que debe regir cada uno de nuestros actos; esa expresión sana de calistenia mental que ha permitido a la especie humana sobrevivir a las catástrofes colectivas y al dolor personal.
Cubano planetario, Nelson Domínguez una vez más nos demuestra que sólo el arte nos salva de las llamas de la cotidianidad.