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Minerva López: Evolución
Minerva López es, de alguna manera, un caso aparte dentro del activo movimiento plástico cubano. De formación autodidacta, se inició tardíamente en el ejercicio de la pintura. Sin abandonar nunca una línea de trabajo donde lo originario, lo mítico, lo instintivo reinan con absoluta libertad, ha atravesado ya varias fases marcadas por títulos generales como Ritos y Casas y Güijes, en los cuales, vivencias relacionadas con leyendas campesinas de aparecidos, duendes y demás invenciones que nutren cuenteros y personajes del folclore cubano, aparecen embozadas, sumergidas en materia pictórica, para construir una expresión sui géneris, inserta –por supuesto- en términos de un lenguaje cuyo código ha sido implantado en niveles internacionales, de manera concreta por aquellos creadores que, en medio de la automatización imperante, buscan lo intrincado capaz de orientarnos hacia el paraíso perdido.
Lo campesino y la raíz africana, que marca sustancialmente nuestro acervo cultural, se afirman felizmente combinados, en las dos dimensiones del rectángulo –campo de batalla para agentes de orden opuestos, tanto, como los que caracterizan la dimensionada personalidad de la artista-. La respuesta obtenida ante públicos tan disímiles como aquellos que ha admirado sus exposiciones, ya sea en áreas africanas de cultura bantú, países latinoamericanos o el Este de Europa, garantizan la existencia de una comunicación cuya eficacia opera primero en el fuerte ataque a los sentidos; luego, en la más lenta interiorización de las señales lanzadas, cuya autenticidad se mueve sobre un terreno abandonado por estratos sincréticos convertidos en algo único e indivisible.
Minerva, sin abandonar su mundo de aparecidos, ese universo donde el negrito patizambo y cabezón es el güije, habitante de las fuentes de agua de los campos cubanos, siempre apoyada en el misterio de lo subyacente, ha ido extendiendo el alcance de lo hecho hasta ahora para, con audaces irrupciones del color, a través de una –si cabe- mayor complicación de lo intrincado de sus planteamientos formales, hacerlos cuajar en una nueva serie que titula Enigmas y responde a conceptos más abarcadores donde, nada infrecuentemente, el rostro (o mejor aún) la máscara, es objeto de especial atención. No hay, sin embargo, áreas desatendidas en los trabajos de la pintora: ausente la convencional diferencia entre fondo y motivo central, todo se funde allí donde la pasión impera.


Alejandro G. Alonso