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Cerámica y Vanguardia artística
Entre los años 1949 y 1950, los doctores en medicina Juan Miguel Rodríguez de la Cruz y Ramírez Corría, compran una fábrica de cerámica en Santiago de las Vegas, y deciden convertirla en un nuevo espacio para el arte. Este hecho tendría una particular significación en el devenir del arte cubano. Varios destacados creadores fueron invitados a ese taller: Wifredo Lam, Mariano Rodríguez, René Portocarrero, Luis Martínez Pedro, Domingo Ravenet, Amelia Peláez, Raúl Milián y otros, se suman a esta indagación, decorando bajo cubierta vasijas de arcilla roja producidas allí. Rodríguez de la Cruz, apasionado amateur en este campo, investiga sobre pastas y pigmentos de origen nacional, y pone en manos de estos artistas la técnica indispensable que sirve de impulso inicial a muchos de ellos. Este grupo, organizará exposiciones colectivas y toda una dinámica en torno al trabajo del Taller de Santiago de las Vegas que genera una vertiente poco conocida del trabajo de la vanguardia artística cubana.

Los creadores aportan su estética individual a un nuevo recurso expresivo que se les ofrece en el taller de Santiago de las Vegas. Pronto comienzan a coquetear con los esmaltes: objetos de diversas formas y usos (mieleras, jarras, vasos, platos...) fueron decorados trascendiendo al propio tiempo, la finalidad comercial y la utilitaria. Esta fiebre creadora, recibirá los primeros reconocimientos oficiales cuando es aprobado el proyecto de Amelia Peláez para la decoración de la fachada del edificio del antiguo Tribunal de Cuentas en la Plaza Cívica José Martí. El diseño, de gran abstracción, contaría para su ejecución con la colaboración de Mirta García Buch (1919-1996), Marta Arjona (1923-2006) y el propio Dr. Rodríguez de la Cruz, para la decoración de las losas. Por su parte, Domingo Ravenet asume la responsabilidad del emplazamiento del mural en la fachada del edificio, donde además se coloca una escultura de su autoría.

Este camino de expresión estética cautivó la atención de varios artistas. La pintora Mirta García Buch se integra al grupo y recibe formación en el taller de Santiago de las Vegas, convirtiéndose en pionera y cultora de esta disciplina artística. Y la joven Marta Arjona, que recibe aquí su primer impacto con la cerámica, será años después una importante promotora de la cerámica artística.

Amelia Peláez, primero en el taller de Rodríguez de la Cruz y luego, desde 1955 en su propio taller, se dedica por más de doce años (1950-1962) a esta labor. Con Wilfredo Arcay, Gertrudis Ludtke y Luis Martínez Pedro, fundan un taller a escasos cincuenta metros de la casa de Amelia, en la calle Juan Bruno Zayas, donde trabajan con pasta blanca porosa de importación. Amelia recibe el encargo de decoración para el Hotel Habana Hilton (hoy Habana Libre) para el cual diseña Las frutas cubanas, ejecutado en teselas de pasta vítrea de manufactura de Murano, que se ha convertido en símbolo distintivo de la céntrica esquina de L y 23 en el corazón del Vedado.