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Grabado Colonial Cubano
Desde los primeros intentos por sistematizar el arte cubano y dada la fuerte presencia de obras y artistas extranjeros, se presentó a los investigadores la disyuntiva –al denominar el arte colonial- entre nombrar esa etapa como arte en Cuba o arte cubano. Estos artistas aportarán una estética de raíz europea que signará el nacimiento del arte cubano. Pero, cuando del grabado se trata, los grabados sobre Cuba son el punto de partida ineludible para el desarrollo posterior de este arte.
Recién sucedido el encuentro entre Europa y América, los primeros grabados en que aparece la Isla tendrán un carácter descriptivo y utilitario, y su finalidad será facilitar la navegación en el área, representada en mapas y cartas náuticas, trazadas siguiendo medidas tomadas por marinos inexpertos que utilizan por demás instrumentos aún imprecisos, que ofrecerán a una Europa ávida de información, los primeros contornos de las tierras descubiertas. La Isla de Cuba aparecerá grabada sobre metal, en obras como el atlas Theatrum Orbis Terrarum (1570) de Abraham Ortelius, el mapa America (1588) de Jodocus Hondius y el Atlas, sive cosmographicae meditationes de fabrica mundi y fabricati figura (1585) de Gerhard Kremer Mercator –obra cuya impresión definitiva realizan sus hijos un año después de su muerte, en 1595.
El interés estratégico de la villa de San Cristóbal de la Habana –que determinará la decisión de Carlos V de fortificar la plaza luego del ataque del corsario francés Jacques de Sores en 1555, – se reavivará al convertirse en puerto de reunión y reabastecimiento del sistema de flotas, establecido por Felipe II en 1561. Asediadas las costas de la isla por corsarios y piratas, aparecerán en una serie de grabados que se dedicó a representar el apresamiento de la Flota de La Plata en 1628, por el corsario holandés Piet Heyn. Pero La Habana será el centro del interés de numerosos grabados holandeses del siglo XVII, donde se pueden reconocer sus edificios principales y fortalezas, idealizados por la distancia y el desconocimiento con torres de aguja y cúpulas con forma de linterna turca, que correspondían a la arquitectura conocida por los grabadores, en el norte de Europa. Esta representación del puerto de la Havana, como la realizada por Jacob Van Meurs a mediados del siglo XVII, estará repetido en igual perspectiva a vuelo de pájaro, en numerosos anónimos holandeses de la época.
Cada vez más precisa en sus detalles arquitectónicos y defensivos, la ciudad de La Habana continuará siendo el principal tema de representación en los grabados extranjeros sobre Cuba, como los ejecutados en la segunda mitad del siglo XVIII por Pierre Charles Cannot, que centran su atención en el castillo del Morro y la bahía. Estos grabados serán el antecedente directo de las series de grabados sobre la toma y ocupación de La Habana por los ingleses. Basados en los dibujos realizados por el pintor Dominique Serres en 1762, se graba en Londres al año siguiente la primera serie con doce vistas grabadas sobre metal e iluminadas, algunas incisas por James Mason, destacando los aspectos de la estrategia militar que posibilitaron el rendimiento de la plaza. A las órdenes del Conde de Albemarle, otro artista extranjero ejecutará sus vistas de la ciudad, sus alrededores y. su bahía Elías Dunford daría cuenta de nuestra realidad desde la mirada de los ocupantes y lamentablemente -por el incipiente desarrollo del arte de grabar en la Isla,- no tendrá un contrapeso de tal calidad estética, en el grabado hecho por artistas cubanos.
Los primeros pasos del grabado en Cuba, van de la mano con la introducción de la imprenta en la Isla. El primer impresor conocido es el flamenco Juan Carlos Habré, que se asienta en La Habana alrededor de 1723 y a quien se atribuye la primera xilografía conocida: un escudo español que acompaña a la Tarifa General de precios de las medicinas (1723). Con la propagación de la letra impresa, se acrecienta en la Isla la necesidad de viñetas e ilustraciones, cuyo encargo e importación desde el extranjero dificultaba la rapidez en los servicios de los impresores. En este mundo tipográfico, se desarrolla el primer grabador cubano de nacimiento, Francisco Javier Báez (1746-1818) –vinculado durante algunos años a la imprenta que Francisco José Boloña establece en La Habana en 1776– con una obra que se desarrolla, además de la ilustración y algunos retratos esporádicos, dentro del marco de la estampa religiosa.
Aunque la literatura recoge los nombres de otros grabadores del país como Pedro Bázquez, M. de la Cruz y Francisco Navarro –que habría realizado una lámina sobre el sitio de la Habana por los ingleses, – el segundo grabador en importancia durante el siglo XVIII será Manuel Antonio Parra, quien realiza las ilustraciones calcográficas que acompañan la obra de su padre –el naturalista Antonio Parra, natural de Portugal– Peces y crustáceos de la Isla de Cuba (1787) publicada en la Imprenta del Gobierno.
La estampa litográfica. De este modo, el grabado en Cuba entre los siglos XVIII y XIX, transita sobre soportes de madera y metal. Estos serán los años en que la antigua colonia de servicio se transforma, gracias al auge azucarero, en una colonia de plantación; mientras la oligarquía criolla hace confluir sus intereses en un órgano que la representa, la Sociedad Económica de Amigos del País, fundada la de La Habana en 1793. Interesados sus miembros en promover obras de carácter científico, sobre adelantos tecnológicos y aplicaciones médicas, no dudaron en asociarse para la publicación de sus Memorias a la primera imprenta litográfica establecida en el país –hecho que ha quedado fijado por la Dra. Zoila Lapique como ocurrido en el año 1822 en La Habana, por iniciativa del francés Santiago Lessieur. La Litografía de La Habana se especializó en la edición de partituras musicales, del Periódico Musical, y tuvo como asociado al pintor francés Hippolyte Garneray.
La segunda ciudad en sumarse a la actividad litográfica fue Santiago de Cuba, donde Juan de Mata Tejada (1786-1835), interesado en las posibilidades artísticas del invento de Senefelder, importó una máquina litográfica y aprendió de forma empírica su manejo. Entre 1834 y 1835 en que muere, Tejada imparte clases gratuitas a jóvenes santiagueros en su taller privado, a solicitud de la Sociedad Económica de esa ciudad.
Luego de estos ensayos primigenios –de corta duración- y hasta mediados de siglo, se suceden en el país nuevas empresas litográficas, en las que convergen dibujantes y grabadores, cubanos y extranjeros. Con la Litografía de la Sociedad Patriótica de la Habana, establecida en 1839 bajo la dirección de los franceses Francisco Cosnier y Alejandro Moreau, llega el influjo de los libros de viajes puestos de moda por el romanticismo en Europa. Entre las vistas de la isla que se publican en forma de álbum –editadas por entregas– se destacan las que realiza el dibujante y grabador Federico Mialhe, que será el primero en auxiliarse del daguerrotipo para aumentar la fidelidad de sus estampas: Isla de Cuba pintoresca (1839-1842) contiene paisajes urbanos y rurales de La Habana, Matanzas y Vuelta Abajo. En las últimas estampas del álbum, se añaden algunos temas costumbristas, que Mialhe desarrollará en un álbum posterior que realiza para la Litografía de Louis Marquier. En Viaje pintoresco alrededor de la Isla de Cuba (1848) aparecen un Día de Reyes, El panadero o El zapateado que anuncian ya el interés en los aspectos que van conformando la nacionalidad cubana. Luego de la aparición de varias series –editadas por la Litografía del Gobierno, la Casa Bernardo May y Cía., y otros– aparecen como innovación las vistas panorámicas, que pueden verse en Isla de Cuba pintoresca (1858) dibujado y grabado por Eduardo Laplante y Leonardo Barañano, donde los paisajes de gran profundidad y mayor tamaño, invitan a enmarcar y colgar las estampas.
La tradición xilográfica cubana tendrá continuidad durante el siglo XIX, en artistas como Santiago Veza y José Robles –que llevó a la madera los primeros trabajos de Landaluze en Cuba. Otros como José Baturone incursionan en la litografía –que se enseñaba en la Escuela para Litógrafos de la Sociedad Económica,– siendo su trabajo más relevante el Álbum Californiano (1848) que realiza junto al español Augusto Ferrán. En la ciudad de Matanzas, el cubano José López Martínez ilustra la serie Matanzas (ca.1850-54) impresa en la Litografía Matancera, propiedad del catalán Pablo Fonoll.
Desde mediados de siglo, la crisis económica y política que vive la colonia, dejará en manos del ramo del tabaco, mantener el ritmo de las prensas. La Litografía del Gobierno, propiedad de los hermanos Costa, imprimía en 1848, reproducciones litográficas para 412 marcas de tabacos y cigarros, firmadas algunas por los jóvenes cubanos Santiago Martín y Manuel Méndez. La belleza de la marquilla que decoraba las cajas de tabaco –costumbre introducida por Ramón Allones, en la tabaquería La Eminencia– alcanzó su clímax cuando la firma de Luis Susini e Hijo, importa la primera máquina de cromolitografiar para reproducir en colores las cajetillas de cigarrillos de La Honradez. Para la presentación atractiva y lujosa del tabaco, se desarrolla en las habilitaciones una amplia iconografía de vegas tabacaleras, personajes célebres y escenas típicas de la época, ejecutados con un magnífico dibujo que convierte estos diseños industriales en verdaderas joyas del arte del grabado. No exentas de humor, series como Vida y muerte de la mulata, desarrolladas por varias marcas de cigarros, indican la prevalencia del tema costumbrista, que tendrá su mejor expresión en el álbum Tipos y Costumbres de la Isla de Cuba (1881) ilustrado por Víctor Patricio Landaluze. Para cerrar el siglo XIX, el amplio desarrollo de la litografía se enriqueció con la tecnificación y con el auge de la fotografía. La fototipia (introducida por Taveira), el grabador eléctrico, la fotolitografía y el fotograbado, serán el legado colonial a las artes aplicadas cubanas, y sobre él se asienta el diseño gráfico del Cambio de Siglo.

MSc. Delia Ma. López Campistrous

Bibliografía recomendada
Bermúdez, Jorge. De Gutenberg a Landaluze. Editorial Letras Cubanas. La Habana. 1990.
Juan, Adelaida de. Pintura y grabado coloniales cubanos. Cuadernos H. Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1974.
Lapique Becali, Zoila. La memoria en las piedras. Ediciones Boloña, La Habana, 2002.
Lapique, Zoila y Guillermo Sánchez. Una tradición litográfica. Consejo Nacional de Cultura, La Habana, 1972.
López Núñez, Olga. “Imágenes de Cuba colonial”, en Grabados Coloniales Cubanos (Catálogo), Museo de Bellas Artes de Santander, España, 1998.
Rigol, Jorge. Apuntes sobre la pintura y el grabado en Cuba. Editorial Letras Cubanas. La Habana. 1982.
Sánchez, Juan. El grabado en Cuba. La Habana, 1955.