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Domingo RAVENET: múltiple y constante
Pasaron ante sus ojos galerías enteras de expresionistas, dadaístas, surrealistas... pero Ravenet había hecho auto sacramental, se encerró en su estudio y procuró encontrarse a sí mismo... Halló cierta melancolía de colores suaves y las formas ancestrales de la creación en su interior, surgieron las imágenes, algunas atormentadas, otras en días de fiesta y así fue retratándose a sí mismo... (Carlos Enríquez, Ahora, domingo 4 de febrero de 1934)


Ravenet toma una idea, y la desarrolla cada vez en distinta forma. En ese sentido no es el hombre que se ha formado, sino el hombre que se busca. El mérito de Ravenet está en la cualidad que lo fuerza a obtener la penetrante intuición de los hechos, y a expresar estas varias intuiciones, en forma tal, que no pueden gustarse absolutamente sus obras, hasta no conocer el hecho emocional e ideológico que representan. (G. González y Contreras, 1934)


Cuando Domingo Ravenet regresa a Cuba después de varios años en Europa, ya en Cuba se practicaba la pintura moderna. Sin embargo, la obra de Ravenet en la Universidad de La Habana –en 1934- causó algo así como un susto. Lo moderno... se mostraba entonces con una moderación que no alarmaba a nadie. Los propios académicos hablaban de lo nuevo como de travesuras infantiles. Pero he aquí que Ravenet, maduro, hecho, no se ponía serio. Seguía pintando como si fuera un chiquillo malcriado. Aquello era la revolución. Y para mayor escándalo, su grito se daba en las mismas aulas de la universidad donde la revolución había establecido su morada. Lo nuevo dejaba de ser una moda importada para establecerse como un modo de ser, como una característica de la época y de la cubanidad (...) No se redujo a mirar el mundo nuevo en torno, y se dedicó a verse él mismo en el centro del mundo modernizado. Pensó en el contemplador... –no para halagarlo ni explotarlo-, sino en la responsabilidad que acepta al público como una circunstancia cargada de derechos y al que debe servir el hombre capaz de darle la debida satisfacción. (Rafael Suárez Solís, Información, 10 de diciembre de 1941)



Yo veo, siento y aquilato, en esa exposición 300 Años de Arte en Cuba, uno de los esfuerzos mayores que se han realizado para demostrar, sin género de dudas, que (...) el pueblo de Cuba proseguirá buscando desesperadamente en la cultura sus ángulos de superación. Un acto como este basta para anunciarle al mundo que Cuba espera y tiene derecho a un destino mejor... Un pueblo que honre a sus artistas, que los estimule en sus inspiraciones, que premie o exponga sus obras, es un pueblo capaz de fundar universidades, crear escuelas, construir sanatorios y hospitales, resolver sus problemas políticos y económicos... Cuba avanza: está honrando a sus artistas, los que fueron y los que son, y honrará los que serán. Así también se hace patria. (Roberto de Acevedo, El País, 17 de abril de 1940)



Era hora de que nuestra capital tuviese un lugar donde el fresco fuera utilizado como método de exaltación de nuestros héroes y como prueba, para las generaciones futuras, de la capacidad artística de nuestra época... la concepción del artista hace de la Capilla de los Mártires un lugar de recogimiento solemne y es una ofrenda de levado gusto a la memoria de aquel sitio histórico. Plásticamente... ha de ser, cuando esté concluida, la obra de mayor envergadura que pueda presentar La Habana. (Miguel de Landaluce, Avance Criollo, 2 de noviembre de 1943)



(...) Era la época incierta, preñada de amenazas y de tímidos fulgores de esperanza, que siguió a la caída de Machado. Hombres como Antonio Guiteras, se lanzaban a la conquista de la dignidad plena del cubano, ofrendando su (s) vida (s) en holocausto. Y escolta de este hombre era el pintor que empuñaba su metralleta con el mismo amor que empuñaba sus pinceles. Domingo Ravenet hacía su entrada en el mundo artístico de su patria por la puerta de la lucha política. Y jamás ha habido entre nosotros hombre más generoso y que más hiciera por el lucimiento de los pintores, sus contemporáneos. Viva está en mi memoria, aquella gigantesca exposición que organizó y ofreció en la Universidad de La Habana, y que fue como un disparo de su metralleta, que despertó muchas conciencias aletargadas, e hizo interesarse por el arte, y acudir a contemplar la obra de nuestros mejores pintores a miles de visitantes. Mucho le debemos a la generosidad y al afán de Domingo Ravenet, aquel joven que vino de París y se entregó enseguida ala lucha con el entusiasmo y el desprendimiento de su naturaleza exuberante y entusiasta. En el terreno personal, Ravenet ha dejado en los que tuvimos la suerte de contarnos entre sus amigos, un recuerdo imperecedero. Será siempre un espléndido ejemplo para seguir. (René Méndez Capote, 1981)



Alto, gallardo, con andar engañosamente pausado; pinta, dibuja, modela, talla, suelda; enseña, orienta, aconseja a la juventud; investiga, experimenta, emprende nuevos empeños; organiza exposiciones que marcan hitos; nuclea artistas en movimientos experimentales; viaja, observa, traduce a su propio lenguaje; colabora en publicaciones progresistas, que también diseña; pertenece a grupos de avanzada política y cultural; recibe a todos en su estudio y en su hogar con amable hospitalidad... este es mi recuerdo de Ravenet, artista y amigo generoso y leal. Los momentos vividos junto a él y a Raquel están íntimamente entrelazados con los de mi propia vida. (Rita Longa, septiembre de 1981)



Rojo, amarillo, azul celeste, colores como palabras para Domingo Ravenet, recordando la pasión de su pintura, su carácter noble, la cubanía de su obra. La escultura en bronce situada frente al Ministerio del Interior de la Plaza de la Revolución. El Monumento a los Tabaqueros, realizado en acero inoxidable, a la entrada de Santiago de Las Vegas... si sólo fuera por estas dos obras, además de sus pinturas, murales, esculturas en hierro, dibujos, diseños, cerámicas, documentales cinema-topográficos, sus máscaras, todo demuestra que la obra de Domingo Ravenet perdura y pertenece a la vanguardia de la plástica cubana. (Sandú Darié, septiembre de 1981)



(...) Ravenet trasciende el dato histórico y la referencia artística. Permanece vivo en la memoria de los que le conocieron, tanto por su quehacer mismo como por la originalidad de su carácter y de su vida múltiple. Diríase que la clave de esta presencia se halla en la espontaneidad vital de su atrayente personalidad, en su irrefrenable inspiración, asociada a un arte universal que guió su temprano andar. Debió ser así para abandonar un puesto seguro... en los momentos de crisis de la década del veinte. Sólo un espíritu indómito y soñador –como el de los legítimos artistas- podía desafiar, primero, la soledad de las buhardillas y el destino incierto y, después, compartir el destino de una Cuba conturbada por los conflictos sociales y políticas, en la década del treinta. Indomable por naturaleza, certero en su intuición renovadora, trabajó siempre por y con nuevas ideas. Cada cosa que hacía tenía un aliento de frescor revolucionario, conducente a la ruptura de esquemas y convenciones. Su actitud dionisíaca, capacidad de creación y gusto por la vida, enlazaron en él, naturalmente, con la fe en el hombre y la transformación posible de la sociedad. Esta doble fuerza dio a su carácter un tono desbordante y abierto, quizás imprevisible, a veces impertinente para el que no lo conociera. Esta línea abierta e intransigente se revela de modo igual en la audacia de introducir nuevos materiales plásticos y enfoque inéditos. Para él no hubo fronteras, ni en la comunicación personal ni en la realidad artística... Se le recuerda por su búsqueda de la identidad y su carácter activo, contrario al pesimismo, porque hizo bien, ayudó a muchos, porque amó sin miedo a la vida y nunca perdió el entusiasmo o la esperanza. (Enrique González Manet, 1989)