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  Jorge Arche

   
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Jorge Arche
A partir de 1923 cursa estudios en la Academia de Bellas Artes de San Alejandro, La Habana.
Se vincula a los pintores modernos cubanos; y especialmente a Víctor Manuel García, de quien recibe orientaciones directas y de gran importancia para el desarrollo de su carrera profesional. Un óleo suyo, La Carta, obtuvo premio en el Primer Salón Nacional de Pintura y Escultura, 1935. Dos años después realiza un mural en la Escuela Normal para Maestros de Santa Clara y organiza su primera exposición personal en el Lyceum de La Habana.
Dentro del movimiento al que se incorpora, presenta una imagen serena, sin abruptas rupturas con la formación académica que recibiera; más bien puede hablarse de un compromiso entre modernidad y clasicismo, al que llega a través de la extrema depuración y una rigurosa síntesis formal. Es un verdadero especialista del retrato.
La necesidad de profundizar en la psicología del personaje dentro de un esquema dado, lo hizo recurrir a la solución de buscar modelos en sí mismo, familiares y amigos.
Arche surge a la luz pública ya con un estilo definido. El dibujo es elemento de importancia en composiciones que aspiran a la máxima simplificación.
La ausencia o pocas indicaciones de ambiente de la primera época, se ve ampliada con una mayor riqueza cromática y un terso acabado que borra toda huella del pincel. El retrato de Mary, 1938, pertenece a esta etapa, donde incluso el paisaje comienza a entrar en la composición.
El retrato de Don Fernando Ortiz situado en un interior, es ejemplo de cómo el autor sita a factores –en este caso orishas o deidades africanas- para completar la información necesaria que debe aportar una obra del género. Sin abandonar las intenciones retratistas, obras como Descanso, 1940, y Jugadores de dominó, 1941, aportan elementos de mayor riqueza comunicativa.
En definitiva, su significación dentro de la pintura moderna nacional, radica en la obra como retratista. La visión es siempre la de un exquisito realista; el clima logrado tiene que ver con el discurso político que, sin dramatismos, consigue estructurar.