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  Eduardo Abela

   
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Eduardo Abela
Iniciado su ciclo laboral como tabaquero, manifiesta una fuerte vocación pictórica a los veinte años de edad y por eso en 1912 se traslada a La Habana e ingresa a la Academia de Bellas Artes San Alejandro. Comienza a publicar dibujos humorísticos en los periódicos habaneros. Vive y trabaja en España desde 1921 a 1924, año en que regresa a Cuba triunfador, pero sin dinero. Es así como retoma sus tiempos de dibujante humorista, y en 1925 revive la estampa mofletuda de “El Bobo” que se convierte en instrumento de lucha contra la dictadura de Gerardo Machado. El Bobo le dio un tipo de popularidad más ancha y efectiva: influencia en el medio social como humorista ingenioso y punzante, y desenvolvimiento económico. La prensa “pagaba” porque los cartones de Abela eran buscados cada día por la masa de lectores. Mientras la dictadura machadista se hundía en sangre y atropellos, El Bobo burlaba censuras y “pasaba por Bobo, pero era un vivo como tantos cubanos de la calle”.
Se integra a la labor de pintores que, en torno a la Revista Avance, introducen lenguajes artísticos más actualizados y exhibe en la muestra de Arte Nuevo; viaja nuevamente a Europa y reside dos años en París con un éxito que le permite exponer en la Galería Zak.
En 1929 se incorpora a la campaña política contra machado a través de sus irónicos dibujos humorísticos hasta la caída del dictador (1933) que marca el final de su labor periodística. A la caída de Machado, marcha el pintor a Italia, y como cónsul del gobierno cubano llega a Milán. De regreso a Cuba pinta algunas de sus obras notables de esa etapa: Guajiros (premiada en la II Exposición Nacional de Pintura y Escultura de 1938) y Los novios. Crea el importantísimo Estudio Libre para Pintores y Escultores, para una enseñanza anticonvencional y verdaderamente incentivadora de la creación artística.
Entre 1942 y 1952 desempeña misiones diplomáticas en México y Guatemala; en este último país recibe el Premio Nacional de Pintura (1947). Allá también realiza El Caos (1950), que marca una sustancial transformación de su lenguaje expresivo: de cuadros de mediano formato a piezas de pequeña escala; de un modelado sólido de figuras a una atmósfera idílica, detallística, minuciosa, con referencias al mundo de Klee y Chagall. Luego de volver a Cuba en 1954, produce notablemente en cantidad y calidad pequeñas joyas, que exhibe en numerosas muestras; entre ellas una retrospectiva en la Galería de La Habana, 1964.